¡Qué raro!

Hace un año, un joven de 17 años se ahorcó. Una falsa acusación de haber violado a una chica le llevó a la depresión. Se retiró la denuncia, pero los juicios paralelos -esa monstruosidad de "si el río suena, agua lleva"- eran difíciles de soportar para este chico inglés, que quería ser historiador y escritor. Su madre, Karim Cheshire, emprendió una cruzada para denunciar la negligencia policial y la facilidad con que un delito tan grave es admitido, incluso antes de llevar a cabo ninguna investigación. Pero se trataba de una labor demasiado ardua para una ciudadana corriente y desistió ante la ciclópea tarea, y ella misma fue presa de una depresión semejante a la de su hijo. Y, hace un par de semanas, cuando se cumplía el aniversario del suicidio de su hijo, decidió usar el mismo procedimiento y también se ahorcó.

Las páginas de sucesos informan más del estado de la sociedad que los editoriales. La anécdota se suele convertir en categoría y esa superficialidad con la que hemos desechado la presunción de inocencia la estamos pagando en incómodos plazos, a medida que parece que dudar de un posible delito sexual es tan políticamente incorrecto como machista, tal que si la sociedad se dividiera entre machos agresivos y bondadosas mujeres.

Mientras leía las noticias de agencia, asociaba el suceso al despliegue mediático que han tenido las quejas sobre el comportamiento de Plácido Domingo. Las propias denunciantes dicen que no hubo forzamiento, pero que se sentían presionadas por tan importante ciudadano, y han recuperado la memoria más de 30 años después, cuando, incluso si hubiera habido algún delito, ya habría prescrito.

Por cierto, estas mujeres, de distintas nacionalidades, y que por razones de trabajo cantan en medio centenar de países, sería extraño que coincidieran en los mismos espectáculos, y que pudieran trabar esa amistad sólida que lleva a las confidencias. Pero, al parecer, al encontrarse, se reconocían y se ponían hablar de sus encuentros amorosos con Plácido Domingo. ¡Qué raro!