Opinión

El peligro de banalizar el consumo de cannabis

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El peligro de banalizar el consumo de cannabis

Entre los días 7-9 de noviembre se ha celebrado en Catoira el II Congreso Internacional sobre Cannabis y sus derivados. Se han presentado 27 ponencias impartidas por profesionales e investigadores de reconocido prestigio nacional e internacional. 

Una de las conclusiones a destacar del mismo es que, a pesar de toda la información científica que ha ido generando la investigación alrededor del daño que genera el consumo del cannabis, ésta hace escasa mella en el discurso mediático y social que se mantiene sobre esta sustancia desde hace tiempo a favor de su consumo y “regularización”, en lugar de defender y enarbolar políticas para reducir o minimizar su consumo.

Otro planteamiento para destacar del congreso hace referencia al alto contenido de Δ-9-Tetrahidrocannabinol (THC) de las nuevas cepas de cannabis que se comercializan y consumen en la actualidad. En los años 80 “un porro” contenía aproximadamente un 5% de THC y un 1-2% de Cannabidiol (CBD). En la actualidad “un porro” contiene alrededor de 20%-25% de THC y 0’5%-1% de CBD. En consecuencia, fumarse hoy en día un porro equivale a fumarse cuatro de los años 80-90; todo ello debido a la modificación genética de las semillas realizadas por la industria cannábica (para más mofa con indicaciones en los embalajes tales como: uso exclusivo para coleccionistas; queda prohibida su germinación; el distribuidor y el vendedor NO se hacen responsables de cualquier uso ilícito que terceros puedan hacer de estas semillas; prohibida la venta a menores de 18 años).

Según Rafael Maldonado “No estamos explicando a los jóvenes (y a sus progenitores) que el consumo es inadmisible en y bajo todas las condiciones. Es una cuestión de desarrollo cerebral, no solo de ética y/o moral”. La corteza prefrontal encargada de controlar la impulsividad no se une al sistema límbico hasta los 22 años, “por lo tanto, no podemos dejar en manos de los adolescentes decisiones que no están capacitados para tomar”.

En el congreso se ha constatado que bien por desconocimiento o por intereses, los propios profesionales y sobre todo los medios de comunicación han entrado en el juego de la industria cannábica trasladando a la opinión pública la idea de que fumarse un “porro recreativo” es inocuo o incluso “terapéutico”; este término “recreativo” ha generado que se banalice su consumo. Debe quedar claro que todo consumo de cannabis genera un “riesgo” proporcional a varios factores (edad, variables personales, frecuencia, cantidad de THC) pero siempre hay un riesgo con su consumo. Desde la evidencia científica disponible no existe ninguna duda de que el consumo de cánnabis y/o sus derivados, entraña graves riesgos para la salud. Diego Quattrone (King's College de Londres) ha puesto de manifiesto el impacto que su consumo tiene sobre la salud mental y está claramente establecido: uno de cada 10 consumidores desarrollará una dependencia (el 17% si se inicia en la adolescencia) sirva como ejemplo que en España en el año 2015 se han realizado 15.676 admisiones a tratamiento por consumo de cannabis, cifra que, si se regulariza su venta y distribución, aumentará tal y como ha sucedido en el estado de Colorado. Los trastornos inducidos por consumo de cannabis, incluida la psicosis y esquizofrenia, se relacionan directamente con la edad de inicio en el consumo, la cantidad, frecuencia y potencia del cannabis por lo que, si aumenta su consumo, sobre todo en jóvenes, las cifras de psicosis y esquizofrenia aumentarán. 

Entre las consecuencias negativas ocasionadas por el consumo y manifestadas a lo largo de las ponencias destacan:

  • Aumento del daño cognitivo (memoria, aprendizaje, toma de decisiones).
  • Incremento de la incidencia de síntomas psicóticos y esquizofrenia; trastornos depresivos y principalmente de ansiedad.
  • Desarrollo de una adicción por la activación del mecanismo del circuito de recompensa
  • Toxicidad a largo plazo a nivel pulmonar (dilata los bronquios, potenciación del efecto tóxico si se consume mezclado con tabaco).
  • Conductas de riesgo derivadas del consumo (relaciones sexuales sin protección o no deseadas, peleas).
  • Síndrome de hiperémesis cannabinoide (SHC).
  • Aumento de accidentes de circulación y laborales. 
  • Aumento de enfermedades cardiovasculares y respiratorias (Mayor riesgo de tos crónica, bronquitis).
  • Problemas para dormir y paranoias.

Otro aspecto por destacar es que la “regularización” (léase políticas que rigen la venta de tabaco y alcohol) no es la solución como defiende la industria y sus acólitos, ya que la muestra de esta “política fracasada” se observa en los índices de prevalencia e incidencia en el consumo de ambas drogas por parte de los jóvenes en España, siendo de las más altas de Europa a pesar de las leyes vigentes. Fernando Fonseca diferenció claramente entre “lo que es o puede ser beneficioso para el gobierno” no tiene por qué serlo necesariamente “para el estado” y menos para la salud pública. El “supuesto beneficio económico” que generaría la “legalización del cannabis” a través de los impuestos recaudados por la venta de cannabis no son comparables con la problemática y daños causados en términos de salud pública, personal y familiar que generará el aumento de consumidores. Por el contrario, y según ha quedado de manifiesto en la exposición de Patricia Ros y la de Jón Sigfússon (Director del Instituto Islandés ICSRA y de PlanetYouth), debemos cambiar el paradigma preventivo en el que nos movemos en España y cambiar hacia un modelo más familiar y comunitario como es el “Modelo Islandés” quienes a través de un cambio metodológico y de políticas preventivas sustanciales han pasado de tener una prevalencia de consumo de cannabis del 17% en 1998 a un 6% en 2018.

En cuanto a las potencialidades terapéuticas de los cannabinoides (mal denominado “cannabis terapéutico”), María Jesús Lamas, presidenta de la Agencia Española del Medicamento (AEMPS), ha dejado claro que nunca es o será por vía fumada dada por la especificidad de los receptores CB1 y CB2 y por las consecuencias negativas que acarrearía en el sistema respiratorio. En la misma línea que la presidenta del AEMPS, el miembro del NIDA, Dustin Lee, sostiene que hay “evidencia sustancial” de los efectos positivos de los cannabinoides en al menos cuatro enfermedades: en dolor crónico, como antiemético para compensar los efectos secundarios de la quimioterapia, en esclerosis múltiple y para algunos tipos de epilepsia infantil. Por lo tanto, el uso de los cannabinoides como medicamento debe quedar fuera de toda duda, pero siempre bajo receta médica, para las personas que lo necesiten y de venta en farmacia. Debemos recordar que, aunque la automedicación (utilización de medicamentos por iniciativa propia sin ninguna intervención por parte del personal sanitario) es un hábito común en nuestra sociedad, no está exento de riesgos. La automedicación de cannabinoides (por cualquier vía) es una práctica desaconsejada y no se debe realizar nunca por propia iniciativa sin la supervisión del personal sanitario.

En cuanto al tratamiento de las personas adictas al cannabis, el propio Dustin Lee, ha concluido que, a día de hoy, no hay ningún medicamento dirigido al tratamiento de la adicción al cannabis. Las dianas en investigación se están focalizando en desarrollar medicamentos que sean capaces de bloquear los efectos del THC y en reducir los efectos del síndrome de abstinencia.

Otro aspecto por destacar es la irrupción de los cannabinoides sintéticos, según explicó Benjamín Climent, Médico de urgencias de Valencia, son sustancias muy potentes, con una toxicidad muy alta y de una gran peligrosidad. No aparecen en las analíticas realizadas a los pacientes en los hospitales, por lo que son de complicada detección y por lo que hay un infradiagnóstico. Es un problema de salud pública emergente, que tiene múltiples complicaciones: taquicardia, bradicardia, hipotensión, irritabilidad, delirium, alucinaciones, crisis de pánico, ansiedad, convulsiones, paranoias, psicosis, ideación suicida, ictus isquémicos, e incluso el coma o la muerte de la persona.

En resumen, aunque en muchos países estén legalizando el mal denominado “uso terapéutico y recreativo del cannabis”, estos consumos no están totalmente libre de riesgos. Es difícil decir algo tan contradictorio y dañino en tan pocas palabras. No existe el cannabis terapéutico ni tampoco es recreativo su consumo; existe un uso medicinal de algunos cannabinoides y consumir cannabis (en cualquier de sus variantes) siempre entraña un riesgo, aunque se consuma en lugares o situaciones de ocio o diversión. Lo cierto es que el perjuicio del consumo de cannabis es enorme y creciente, muy especialmente para los jóvenes