Adiós concordia adiós

Adiós concordia adiós

La España que va a ir a las urnas pasada la Semana Santa no es una España en paz ni consigo mismo ni con el resto de los terrenos que construyen su entorno, y ese es quizá el factor que más debería preocuparnos incluso por encima del resultado de las votaciones. No creo que exista una lectura simple ni siquiera acertada para este oscuro fenómeno que está apareciendo de rondón entre los pliegues del comportamiento de la sociedad española ya avanzado el siglo XXI, pero lo cierto, y al margen de interpretaciones más sencillas o más complejas que puedan hacer los exégetas de la política, estamos reconstruyendo una España larga en crispación, y mira que esa lacra que ha ennegrecido nuestro carácter  por los siglos de los siglos, parecía olvidada. Por desgracia, un cúmulo de sentimientos reconcentrados ha salido al exterior y se está encargando de resucitarla. Y es que yo, modestamente, no tengo sabiduría para explicar este desorden secular del comportamiento hispano que tanto daño nos ha hecho. Pero sí tengo entendimiento suficiente para darme cuenta de que la intolerancia galopa otra vez en la sociedad de un país que parecía haberla dejado atrás. Ya somos otra vez la derecha y la izquierda sin tierra media. Ya estamos otra vez en el reino de las dos Españas. Ya volvemos a lo mismo.

Tengo para mí que la explosión del nacionalismo catalán –de derecha dura para más pecado- ha sido el agente más pernicioso entre los que han ido consolidándose a partir de la aparición del nuevo milenio. Recalentado en una olla que empezó a bullir inspirada en especulaciones, interpretaciones partidarias, medias verdades o mentiras abiertas, la dialéctica del maltrato económico prendió sin remedio. Ese vejatorio y manipulador “España nos roba” ha trazado un camino que se inició con la exigencia de restitución económica y ha continuado abriéndose camino por otros conceptos de naturaleza menos prosaica. Los ideólogos de la ruptura hablan de dignidad, libertad, derechos pisoteados, persecuciones políticas, injusticia, represión, mordaza… Ya no es solo la pela la que manda.

La triste realidad es que el fenómeno ha roto la concordia. Y ya estamos como siempre.