Las autonomías y sus protagonistas

Las autonomías y sus protagonistas

La pintoresca partición de territorios que ha ido esculpiendo este curioso sistema de Gobierno tan nuestro que se ha dado en llamar la España de las autonomías, es una fórmula que estoy seguro no le vale a cualquiera. Por eso es exclusivamente nuestra y no se parece en nada a cualquier otra de las políticas territoriales establecidas en otros países por mucho que puedan aspirar a parecerse al que nosotros tenemos. Alemania no funciona como nosotros a pesar de contar con gobiernos regionales, los Estados Unidos tampoco se parecen en nada a esta tierra tan paradójica que cabe en el estado de Texas, y no hay parecido alguno con Francia, Italia, el Reino Unido del brexit, y mucho menos Holanda o la complicadísima y divorciada Bélgica. Nuestro estado autonómico es tan peculiar que tenemos a dos de esas autonomías patrias interviniendo decisivamente en los destinos del país sin querer pertenecer a él –es el caso de Cataluña y el País Vasco- y promoviendo cada dos por tres actividades encaminadas a lograr la independencia. Pero tampoco son moco de pavo otras situaciones que este sistema ha propiciado. Y mucho menos, algunos de los personajes que le deben su existencia. Las miradas apuntan a día de hoy al Partido Regionalista de Cantabria, una invención del celebérrimo huésped permanente de Pablo Motos, el presidente de la comunidad e incombustible sujeto llamado Miguel Ángel Revilla, al que el destino  parece distinguir como clave para permitir el Gobierno socialista. Revilla, que viaja de Santander a Madrid con una lata de anchoas en cada bolsillo para ambientar convenientemente su gestión política, ya ha dicho que primero nos coloquen el AVE y luego ya veremos, desarrollando esa idea de gestión-mercadeo, tú me das y yo te doy, que puede no quedar muy elegante pero que es y muy efectiva. Los vascos se han pasado estos últimos años haciendo exactamente lo mismo, y así les va de bien. La España de las autonomías ha derivado en un zoco consistente en apretar las clavijas al Gobierno y cambiar votos por inversión. ¿Quieres ser investido?, saca el talonario y a los demás que les vayan dando. Ande yo caliente y ríase la gente.

Se trata de un flaco favor a la España solidaria y justa por la que todos deberíamos abogar, pero esos son conceptos que ya no rigen.