Opinión

Una foto con Ray Davies

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Una foto con Ray Davies

Los viejos de hoy que en su día nos dedicamos con mayor o menor suerte y progresión a la música, nos parecemos todos y todos nosotros estamos sujetos a los mismos sueños, vicios y manías. Nos pasa, para desgracia de nuestras parejas, como a los perros, a los que cuando se les hacen determinadas carantoñas acaban rascándose la oreja con una pata convulsa sean de la raza que sean.

Nosotros también nos dejamos llevar por hábitos que nos igualan y nuestras parejas ponen habitualmente el grito en el cielo porque en general no entiende que nos neguemos a tirar de una vez esa corbata negra estrecha que solíamos utilizar en los conciertos o mantengamos las estanterías llenas de conquistas, recuerdos y trofeos que no hacen otra cosa que almacenar polvo y mugre y a las que cuesta limpiar una mañana entera. Las parientas le conmina a uno a deshacerse de todos esos pilares fundamentales de nuestra historia pasada y se desesperan el día que nos negamos tajantemente a tirar una foto incrustada en un marco vetusto y con más mierda que el palo de un gallinero.

La infeliz ignora que tirar semejante imagen equivaldría a cometer un delito de lesa blasfemia porque es aquella que te sacaron, escucha tío, los colegas cuando en una calle de Hamburgo te encontraste con el mismísimo Ray Davis y accedió muy amable a posar abrazado a ti y además te regaló su bufanda, un mortecino andrajo de lana descolorida que cuelga de la pared más próxima. Recuerda que a Ray le sorprendió saber que habíais viajado todos desde España en coche para ver a los Kinks en directo, se río con ganas y os abrazó muy contento. Hoy los jóvenes no saben quien es pero aquellos eran otros tiempos.

Cuando vienen las Navidades viene también la tragedia, porque el santa sanctorum en el que descansan esas reliquias compartiendo exiguo espacio con cinco guitarras, un bajo, dos amplis, tres armónicas, un banjo y una pandereta, ha de ser ocupado por alguien que llega de fuera y hay que vaciarlo provisionalmente pasando material al trastero. Los músicos de entonces no triunfaron y ahora en lugar de mansiones con piscina y estudio propio que era lo que soñaban, viven en un piso normal, honorable y modesto. Tienen sus mil recuerdos de los viejos tiempos en uno de los cuartos de la vivienda, y cualquiera se niega a cumplir las órdenes de la parienta. Ella, habitualmente, no sabe quiénes es Ray Davies.

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