Opinión

Historias de espionaje

Opinión

Historias de espionaje

Habituado a las historias de espías plasmadas en papel por la inigualable generación de escritores criados e incluso adiestrados -muchos de ellos fueron en realidad agentes de inteligencia con tapadera diplomática- en los anfiteatros de la Guerra Fría, las historias de ahora suenan a miserables y zafias horteradas. En la Gran Bretaña de los años sesenta, con los Beatles asomando la cabeza desde los predios del norte, se dieron cita casos de espionaje memorables que ahora le sirven a HBO o a Neflix para obsequiarnos con series la mar de bien recreadas sobre aquellas historias de entonces a las que los veteranos de hoy asistimos en tiempo real y sin perdernos detalle. Episodios como el protagonizado por el ministro John Profumo y la modelo Christine Keeler, otorgaron una visión fascinante de la política de bloques mezclada con el sexo y la ambición, como ingredientes  irrenunciables de una buena historia de espías como las que escribían los ex agentes, John Le Carre o Graham Greene y protagonizaban sus doradas criaturas de ficción, el torturado Alex Leamas, el solitario George Smiley cornudo y doblemente apaleado, o el viejo Maurice Castle, maestro del desengaño. 

Los cinco de Cambridge –Philby, McLean, Burgess, Blunt y Caimcross- eran unos intelectuales irreprochables y unos sujetos de modales exquisitos que se infiltraron en las altas esferas de la estirada sociedad británica trabajando para el servicio secreto soviético desde puesto de enorme predicamento y responsabilidad, catedráticos de Arte con gran influencia en los gustos de la Corona, diplomáticos de ilustre pedigrí, altos cargos del MI5, catedráticos de universidad… Individuos de suprema discreción y elegancia que incluso descubiertos e identificados estuvieron a la altura de las circunstancias.

Los magreos secretos de la España de ahora no solo son un lío incomprensible y grosero sino que apestan y parecen propios de una peli de Berlanga, como la historia de Podemos, en  la que el juez debería acabar con esta historia vergonzosa. Mientras se destapan todos los barriles en los que haya un cadáver y la autoridad judicial pone en claro esta vergüenza, el sujeto máximo responsable, asiste a las reuniones de alto secreto del Centro Nacional de Inteligencia y controla por mayoría en su junta, la Radio Televisión Española. Tenemos el zorro en el gallinero y no queremos enterarnos.