Opinión

Jaque a las Olimpiadas

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Jaque a las Olimpiadas

En vísperas de la inaugurarán oficial de los XXXI Juegos Olímpicos que se celebran en Río de Janeiro, el escenario en el que se va a desarrollar la cita anual más importante del deporte mundial sigue transmitiendo una gran desconfianza que se acrecienta cada día con la constatación de los múltiples defectos que salen a la superficie. La capital social del país asume el compromiso en una sospecha constante que se acrecienta cada vez que las expediciones llegadas para competir desde todos los rincones del planeta descubren una nueva situación, salvo excepciones, cada vez más desastrosa. Tras la primera alarma provocada por el virus Zika que ha incitado a la deserción de numerosos atletas por temor a sus efectos, el evento se ha enfrentado a múltiples problemas estructurales, a la insalubridad de las aguas en las que se disputarán muchas pruebas, a los efectos de una climatología adversas a estas alturas del año en Brasil, al delito a la luz del día y, a un auténtico caos de trasporte denunciado por varias delegaciones entre ellas la española cuyos atletas tardaron más de cuatro horas en desplazarse desde la villa olímpica a sus zonas de entrenamiento en las sedes de sus deportes.

El gran desbarajuste del marco olímpico y su consecuente e irreversible lastre es, por tanto, el sistema de elección de los países sedes que no suele responder a valoraciones técnicas sino a manejos políticos aconsejados por intereses y comercios coyunturales. De no ser así, no se habría producido la sorprendente elección de un escenario tan inestable y de comportamientos tan irregulares como Brasil para organizar un Campeonato Mundial de Fútbol en 2014 y una Olimpiada año y pico más tarde. La elección en ambos casos se produjo en 2009 cuando Brasil era un país de emergencia ficticia y cuentas maquilladas en el que los altos directivos del COI pusieron los ojos muy confiados y sumamente dispuestos a transigir en favor de su aparente bonanza.

Siete años después de esa elección, nada es lo que parecía y Brasil está inmerso en una profunda recesión económica, con su presidenta pendiente de ser desposeída de su cargo y una crisis institucional galopante. Tiene al pueblo en contra y la convicción de que la inversión se pagará a base de impuestos y jamás será recuperada. El pueblo no quiere los Juegos y a la antorcha la apedrean por la calle. Esto es un despropósito y seguro que muchos se han hecho de oro.

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