La importancia de ser gurú

La importancia de ser gurú

Dicen los expertos en materia de reflexión política que el modo en el que la sociedad muda de hábitos en la expresión del voto es un fenómeno inexplicable. Es cierto que, en ocasiones se producen fenómenos de una gran potencia que apadrinan cambios radicales –una crisis económica brutal, un atentado, una revolución- pero lo que a los expertos en ciencia política y comunicación les estremece son esas variaciones que modifican en un instante la tendencia y que determinan un cambio de decoración imprevisible para aquellos que han hecho de la prevención y el análisis del fenómeno su modo de vida. Los gurús del comportamiento llevan según creo, una vida parecida a la de los entrenadores de fútbol, pendientes cada día de que entre la condenada pelotita. En su caso, de lo que dependen es del triunfo de su candidato, un objetivo ineludible del que dependen sus generosos emolumentos, su fama, su continuidad y su prestigio, algo que está empezando a comprobar un personaje del que todo el mundo habla y no para en los mentideros parlamentarios, un vasco en la frontera de los cuarenta llamado Iván Redondo del que los introducidos en el mundillo cuentan y no paran. De su expediente profesional se intuye que este domador de tendencias sirve lealmente a quien le contrata y no tienen fijos ni el escudo ni la camiseta. De hecho, fue contratado por García Albiol y lo convirtió en alcalde Badalona, fue contratado por la Junta de Extremadura e hizo a Monago presidente. Hoy es el asesor áulico de Pedro Sánchez, y desde que le susurra al oído las estrategias, Sánchez ha pasado de la defenestración a la Moncloa. Todos los analistas coinciden en aceptar que él es el que ha diseñado la estrategia seguida por el presidente en funciones para resucitar de las cenizas, incluyendo naturalmente la carambola de la moción de censura y el comportamiento de Sánchez en los episodios posteriores. Es decir, las actuaciones que condujeron a una tercera cita electoral.

En dos meses, Sánchez ha pasado de la posible victoria por mayoría a un triunfo otra vez insuficiente, por bajo de resultados anteriores, y eso es precisamente lo que los gurús de las encuestas temen y este también teme: lo intangible. Miguel Barroso, su antecesor en Moncloa, bien lo sabe. Salió por la puerta de atrás, nadando en pasta, pero a un exilio dorado donde rumiar apaciblemente su derrota.