La ruina del despistado

La ruina del despistado

Tengo, entre otros defectos, fama merecida de despistado, una condición que me he ganado a pulso y que en ocasiones ha causado no pocos quebrantos. Hace muchos años, fui con mi novia de entonces a un cine en plena Gran Vía madrileña y detuve el coche en segunda fila para recoger las localidades que había dejado reservadas. Le pedí a ella que me esperara en el vestíbulo, y unos minutos después, y olvidando dónde había quedado estacionado el vehículo, agarré a mi pareja por el brazo y nos metimos a ver la película sin pensar en otra cosa. Solo al final de la proyección, cuando contemplé al protagonista dejando su automóvil abandonado en mitad de la calle  muy a la americana, recordé lo que había sido del mío. Salí precipitadamente del local y, naturalmente, el coche se lo había llevado la grúa municipal y hube de ir a retirarlo, previo pago de una multa muy severa, al depósito que entonces estaba próximo al río Manzanares.

Así era yo y así sigo siendo más o menos, si bien los años suelen atemperar esos desastres. No lo han hecho con un ciudadano belga de más de sesenta años, el cual, tras veinte años de matrimonio con una súbdita indonesia, se ha enterado de que su esposa es en realidad un hombre sometido a una intervención de cambio de sexo, sorprendente conclusión a la que no ha llegado solo, sino que ha necesitado la advertencia  de un hijo habido de una relación anterior que ha terminado avisando a su padre  de que no todo el monte de su relación era orégano: “yo no es por nada, papa, -supongo que acabaría aconsejándole- pero no estaría mal que te enteraras”. El belga está iracundo y ha decidido entablar acciones legales contra la que ha sido su mujer tantos años y se pasaba la vida de subterfugio en subterfugio sin que el bendito sospechara nada. Ahora dice que se siente engañado. En mi modesta opinión, quien debería querellarse ante la justicia debería ser ella por haber supuesto que se casaba con un tipo listo y al paso de los años habrá tenido que comprobar que, en realidad, se ha casado con un idiota.

A lo mejor no es cosa de despistes sino que los hombres somos gilipollas por naturaleza y algunas veces esa condición no aflora y otras se manifiesta en todo su esplendor. Como en este caso.