Libertad divino tesoro

Libertad divino tesoro

Ayer se celebró en todo el mundo el Día de la Libertad de Prensa, una de fechas señaladas en el calendario que a todo el mundo inspira sonidos celestiales y en la que todo el mundo pontifica, reflexiona y debate. Todos probablemente, menos los sufridos periodistas, a los que estás cosas les recuerdan más al Día de la Madre que a una fecha destinadas a mejorarles la vida. Si no fuera así, los organismos internacionales y los representantes políticos destinarían más esfuerzos, más medios y más recursos para tratar de defender un principio de especial trascendencia para el mantenimiento de los marcos democráticos. El problema sin embargo es que estas señaladas ocasiones sirven mucho más para el adorno y el postureo que para dignificar un oficio maldito como el nuestro. Somos en general los tontos de la película, a los que la sociedad exige hasta la extenuación sin ofrecer nada a cambio. Habría mucho que discutir sobre la libertad de prensa en un país como el nuestro, pero una vez pronunciados en los foros auténticos rosarios de palabras bonitas volvemos a la casilla cero. A la eterna recriminación por la que se supone que todos vendemos nuestra alma por conseguir más lectores, el viejo reproche del fin que justifica los medios, a la insultante percepción de que la publicidad lo compra todo, y algunas lindezas más por el estilo.

La primera reacción en defensa de la libertad de prensa debería provenir de la sociedad a la que los periodistas servimos. Y esa sociedad debería plantearse amparar con uñas y dientes no solo el amplio y hermoso concepto, sino al desgraciado al que le toca defenderlo. Es decir, señoras y caballeros, al sufrido, incomprendido, vituperado, mal interpretado, despreciado y jodido periodista. Hace relativamente poco tiempo, pronuncié una pequeña charla defendiendo la libertad de prensa y fue una parte del auditorio quien se empeñó en considerarme su enemigo y tratar de triturarme vivo.

España ocupa el puesto número 29 en el ranking de la defensa de la libertad de expresión, y el problema de Cataluña se ha considerado uno de los grandes argumentos que han contribuido a degradar la calidad de nuestro periodismo. Yo me inclino a pensar que probablemente con gobiernos como el de la Generalitat actual, los periodistas son mucho menos libres, pero hay otros factores. Y esos sí deberían tener arreglo.