Opinión

El ministro de Exteriores

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El ministro de Exteriores

Leo sin mover un músculo del cuerpo para no aparentar turbación alguna que pudiera delatarme, la carta que le ha dirigido Raúl Romeva al señor Schulz, presidente a la sazón del Parlamento Europeo en el que le comunica que, por primera vez en la historia, el Gobierno de Catalonia ha decidido elevar su departamento de relaciones internacionales a la categoría de ministerio, de suerte que por esta razón él mismo se autoproclama ministro de Asuntos Exteriores del mencionado gabinete orillando como es natural el detalle nimio de que el Tribunal Constitucional del país al que al menos por el momento pertenece ha decidido declararlo ilegal por asumir competencias y funciones que no le corresponden y en las que no tiene pito que tocar.

La misiva muestra desde luego un aire enternecedor cuyo objetivo es que el destinatario se avenga a compartir con el remitente la profunda emoción que al remitente le embarga al ser nombrado para tan singular y hermosa tarea, pero algo me dice que no cuela. “He sido –escribe transido de trascendencia mister Romeva- nombrado ministro de Asuntos Exteriores, Relaciones Institucionales y Trasparencia del Gobierno Catalán, y asumo estas funciones con confianza y plena determinación pues soy enteramente consciente de la responsabilidad que este nuevo puesto implica, considerando sobre todo que éste es un momento crucial en la larga historia de Catalonia (Cataluña para quienes no comprendan el inglés).

El nuevo ministro abunda en la esperanza con la que va a asumir estas funciones que según el Constitucional no le corresponden –qué dirá mister Schulz cuando se entere- e insiste en contribuir con un generoso esfuerzo a consolidar las relaciones de su gobierno con el resto de los países de su entorno. “Mi plan para los meses venideros –concluye el canciller- es informar a la comunidad internacional de primera mano sobre los motivos por los que Catalonia puede considerarse un país…” y como remate a la faena solicita el respaldo de las instituciones europeas para coronar el mandato que democráticamente han depositado en él sus administrados.

Si no fuera por lo que este enojoso asunto plantea y si no fuera porque desgraciadamente nos hemos tomado esta matraca demasiadas veces a cachondeo, la lectura de la carta da mucha risa. Pero la risa sobra. Supongo que mister Schulz la habrá archivado cuidadosamente en el cesto. O al menos eso espero.

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