Oído Cocina

Ingresar en septiembre es retomar, en todo su esplendor, la vida cotidiana. Uno se rencuentra con todas sus rutinas, vuelve a vestirse como es su costumbre durante diez meses del año, promete volver al gimnasio, y se rencuentra con los espacios que inician temporada en los canales televisivos. Vuelve el fútbol en la pequeña pantalla, vuelven las series que han llenado las tardes-noche de cada existencia antes de meterlo todo en una maleta y salir huyendo hacia la playa y, naturalmente, vuelve Master Chef, que ha comparecido a esas horas intempestivas en las que acostumbra a presentarse año tras año programado en una franja horaria que lo convierte en casi imposible para los que madrugan. La edición que abre la veda es la que se dedica a los famosos. Una quincena de personajes de distinta procedencia y altos índices de popularidad se implican en el concurso culinario y compiten para ganar un premio en metálico cuyo importe destina el ganador a la financiación de un proyecto solidario. Como debe ser.

El certamen circula cada temporada por el mismo carril y no ha tratado de buscar nuevas fórmulas de expresión porque no le hace falta. Dice el precepto no necesariamente escrito que para qué cambiar algo que funciona y es lo que ha vuelto a poner en práctica esta fórmula que triunfa en infinidad de canales de televisión del planeta. En la edición española ni siquiera ha cambiado la decoración y mucho menos el jurado. Jordi Cruz, Pepe Fernández y Samanta Vallejo Nájera siguen encarnando los tres jueces del espacio como en las seis o siete temporadas anteriores. Sin embargo, todo evoluciona aunque lo haga tan lentamente como este veterano concurso gastronómico. Los concursantes reciben la invitación con tiempo suficiente para que se pongan las pilas, se arrimen a algunos de los mejores chefs nacionales y comparezcan, como ya hizo el pasado año Ona Carbonell,  en los estudios con unos niveles de competencia más o menos aprendidos. Todos, menos Ana García Obregón, que llegó a los fogones con lo puesto y sin haber reflexionado sobre la conveniencia de, al menos, no hacer el ridículo. Duró el primer programa y, de común acuerdo y a la vista de que ni sabía nada ni aportaba nada, decidieron con buen criterio quitársela de encima. La vuelta a la pequeña pantalla de este certamen es, seguramente, el síntoma más evidente de que el verano ya es historia. Oído cocina.