Opinión

El perejil de todas las salsas

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El perejil de todas las salsas

El colectivo de actores y músicos nacionales ha constituido un principio de activación política y social siempre dispuesto a intervenir en todos los foros en los que se lo hicieran posible para expresar sus opiniones aunque en muchos casos, nadie las pidiera ni las necesitara. Sus manifestaciones raramente han estado libres de polémica, y mientras ciertas capas de la ciudadanía han expresado su acuerdo absoluto y su respaldo, otros sectores proclaman sus reservas, y en otros momentos una frontal oposición a esas manifestaciones. En general parece haberse impuesto la opinión de que los artistas nacionales pretenden  ser el perejil de todas las salsas, lo que ha decretado una presencia quizá excesiva y no siempre bien aceptada. Sus portavoces son famosos, se supone que considerados y bien pagados, atractivos, mundanos y quizá aunque no siempre, incoherentes. Es decir, defensores de un ideario que luego no practican ni respetan fuera de los focos en su existencia cotidiana. 

Posiblemente haya alguna verdad en esa fama que la profesión del espectáculo ha cultivado. No es muy fácil hacer coincidir una existencia acorde con la condición de rico y famoso con un ideario de solidaridad y coincidencia con los más necesitados, y con frecuencia se deslizan en sus manifestaciones públicas ciertas incongruencias que contribuyen a trivializar su discurso y restar peso específico a sus intervenciones.

Pero dentro de este abanico de comportamientos cuyo significado alimenta ciertas dudas, quizá el que siembra las peores es ese sentimiento compartido por la mayoría de sus integrantes, que se considera no solo propietario del hecho cultural sino guardián y custodio de esas esencias culturales como si la cultura tuviera dueño. 

Estos días, el ministerio de Cultura ha lanzado una campaña con gran despliegue de medios y mucha presencia para defender que la asistencia a las manifestaciones culturales es una actividad segura, saludable y necesaria. Ojalá fuera cierto y tuviéramos absoluto control sobre la pandemia para plantearnos asistir a espectáculos públicos sabiéndonos completamente a salvo. Sin embargo, ese no es el motivo de la duda sino, de nuevo, la casi obligada presencia en la transmisión del mensaje, de las mismas caras de siempre. Esas caras culturales que son, volvemos a insistir, el perejil de todas las salsas.