La posible imposibilidad

La posible imposibilidad

La eventualidad de un entendimiento entre el PSOE de Pedro Sánchez y Unidas Podemos de dios sabe quién… –podría sospecharse que lo es de Pablo Iglesias pero tal y como están las cosas esa pertenencia es mucho suponer- ha vuelto a naufragar tras una reunión bilateral de las delegaciones de los dos partidos a cuyos mandos están Adriana Lastra y Pablo Echenique, personalidades ambas que garantizan por sí mismas la práctica imposibilidad de un acuerdo, tal es el grado de preparación y cultura política que ambos evidencian. Ninguno de los dos posee lo que se dice habilidad diplomática y ni Lastra ni Echenique derrochan finura y nobleza para revertir un escenario de distanciamiento, agravado a cada cumbre que celebran.

Sus señoritos respectivos les han dado por otra parte las correspondientes consignas, y ambos representan una vodevil ante las cámaras que unas veces sale divertido y otras, inaguantable. No es este dúo político el único probablemente del que se puede echar mano en caso de desearse verdaderamente el desbloqueo, pero supongo que  existen en la conversación muchos elementos que no llegan al gran público y que proporcionan el ámbito necesario para hacer descarrilar aposta el invento. Llevamos los electores muchos meses asistiendo a un diálogo de besugos entre dos partidos que se han apropiado del escenario político nacional y han capitalizado el tráfico de negociaciones sabiendo previamente la práctica imposibilidad de alcanzar un acuerdo serio, sensato y sincero. Por eso, los españoles han vuelto de vacaciones, han colgado con resignación y tristeza la toalla y el pareo de la percha hasta el año que viene, se enfrentan al sombrío ejercicio de la vuelta al curro, y están cada vez más convencidos de la banalidad y la impostura de estos políticos nuestros, ampulosos, grandilocuentes, mesiánicos  y bocazas que no se merecen otra cosa que el abandono y el desprecio de los contribuyentes, cuyos impuestos sirven para sostener una clase política de madera con el mismo concepto del rigor y de la responsabilidad de un niño de teta.

Personalmente confieso que, a estas alturas de la película, me importa un rábano que se pongan o no se pongan de acuerdo. Digan lo que digan, pacten lo que pacten, se arreglen o no se arreglen, el ridículo ya está hecho.