Un beso de gratitud

Un beso de gratitud

Va a ser cosa de envainárnosla y reconocer las excelencias de la cocina del señor Tezanos porque por más que nos pese, ha acertado. Se conoce que en los fogones en los que este veterano caballero que se las sabe todas ha convertido el CNI, se ha tenido en cuenta con notable perspicacia la influencia que sobre el conjunto de las votaciones tenía la presencia de VOX. En junio de 1870, la reina Isabel II en el exilio asistió  compungida a la ceremonia representada en su residencia parisina del Palacio d Castilla  en el transcurso de la cual abdicó a favor de su hijo cediendo a las continuas presiones a las que fue sometida por el marqués de Alcañices en nombre de Cánovas para que cediera los derechos dinásticos al príncipe Alfonso que acabó reinando como Alfonso XII. Al final del acto, la ya dimitida reina se dirigió a su hijo y le  recomendó; “ahora Alfonsito, hijo mío, dale un beso a Pepe Alcañices porque te ha hecho rey”, y salió de la habitación llorando.

Si yo tuviera algo que decir, le haría la misma recomendación a Pedro Sánchez: “y ahora Pedrito, hijo mío, dale un beso muy fuerte a Santiago Abascal porque te ha hecho presidente del Gobierno”. Eso es lo que ha ocurrido en mi opinión aunque, a estas alturas, y después de un triunfo tan brillante, cualquiera tira ahora del cordel para bajar al joven Sánchez de la nube en la que está sentado para tratar de advertirle que no se deje cegar por la gloria, que su triunfo tiene una explicación lógica, y que esa explicación no es otra que VOX y su líder Santiago Abascal, sin olvidar la desoladora incompetencia de Pablo Casado que se ha ganado a pulso esta contundente derrota.

A partir de ahora, comienza el baile y así vamos a estar al menos un mes hasta que pasen las municipales y las europeas y el público se siente a descansar de tantas elecciones, tantos mensajes subliminales, tanta palabrería, tanta pompa y tanta circunstancia. Sánchez será presidente del Gobierno esta vez respaldado, y de qué manera, por las urnas y Casado debería irse a casa. El caprichoso cubilete con el que la política juega a los dados convertirá a uno de los grandes derrotados como Pablo Iglesias en ministro de algo, mientras otro de los triunfadores, Albert Rivera, tendrá que contentarse en desempeñar el papel de jefe de la  leal oposición. Es lo que hay.