Opinión

Casco noble

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Casco noble

Por supuesto que, si hubiera que definir a la mayoría de las ciudades, habría que dotarlas de la precedencia de “la muy noble ciudad de...”, por cuantas conquistaron tal estatus por su innovación, por una defensa enconada en distintos episodios históricos, por su singularidad arquitectónica o, las más de las veces, por la grandeza de sus habitantes.

Tal es el caso de Ourense, cuyos primeros estudios revelan una ocupación prehistórica, con el establecimiento humano en el territorio anexo a la confluencia de los ríos Miño y Loña. Aunque su germen como asentamiento organizado es fruto de una romanización que identifica como primer morador conocido a Calpurnia Abana Aeboso, de la tribu de los Abissocios, cuyo ara votiva enriquece el Museo Arqueológico, en tanto una réplica ilustra al visitante del Centro de Interpretación As Burgas, especulando un legendario nacimiento metropolitano a raíz de un sueño, que, sanador para Calpurnia, agradeció a las ninfas de la surgencia con su exvoto.

Esa presencia romana y al ramal XVIII del Itinerario de Antonino Pío, que convertiría a Ourense en una mansio secundaria, instaurándose, no obstante, como un importante nudo en la comunicación Bracara - Astúrica, enlazando en el noroeste peninsular las actuales ciudades de Braga y Astorga. Tal es la antigüedad de la ciudad Auriense, cuyo nombre se disputan los lingüistas, atribuyéndole indistintamente su denominación de las germanas Aquas Urentes, o de las medievales Sedes Auriensis, por el otro que los nativos extraían de las aguas del Miño a la luz de la luna.

Como se puede apreciar, todo un recorrido histórico que conserva enterramientos cristianos del siglo I en el solar del Museo Arqueológico, adyacentes a una editorial, un ecocomercio, un pub, o un gastrobar, dentro del más actual modelo civil del siglo XXI.

Dentro de esa simbiosis que, arrancando del pasado mira hacia el futuro, la zona monumental auriense encierra en su interior posíos -eriales dentro de los conventos que tras la Desamortización acabaron siendo jardines como el de San Lázaro, perteneciente a la Orden de San Antonio, o el de la Alameda, emplazamiento del Hospital de San Roque-, además de exhibir los más aristocráticos blasones en la fachada de casas solariegas y palacios, la filigrana de edificios singulares decimonónicos, modernistas o inclasificables; la catedral, iglesias, capillas, plazuelas y cruceros, callejuelas angostas bajo cuyo enlosado reposan cámaras bufas del siglo XVII o, a breves metros de profundidad, toda una ciudad romana con sus termas, villas, hipocaustos, columnas y mosaicos, junto a casas particulares de factura más actual, en cuyo interior los baños se surten del calor de las termas. Todo ello jalonado de bares y taperías donde vinos y sabores se fusionan de manera que lo castizo marida con lo exótico, mientras sombreros, puntillas o imaginería brillan en escaparates de establecimientos emblemáticos y centenarios que conviven con la más pujante actividad que ofrece al público los más recientes bienes y servicios.

Esta es la mejor radiografía de ese Ourense Monumental, restaurado, conservado y vivo, a diario enfrentado -en paralelo a otras ciudades-, a la desidia de unos regidores que, en el propio uso del lenguaje, relegan lo más valioso de sus raíces. He ahí el gran drama de aquellos barrios asentados en el germen de ciudades milenarias, cuyo atractivo radica en ser erróneamente calificadas por las autoridades barrio o casco “viejo”, evocando algún vestigio propio de un yacimiento surgido tras la excavación de una pretérita urbe, de cuyo trazado apenas restasen piedras derruidas y ruinas.

A los buenos siempre le salen imitadores diestros en apropiarse de las ideas ajenas. Pero, para la ocasión, lejos de una afrenta, con tal de que implementen el término de Casco Noble, sería aceptable que cualquier alcalde se atribuya el neologismo si elimina del callejero, la cartelería, las guías y las señales, el denostado término de Casco Vello, ensalzando la nueva visión de la Ciudad o el Casco Noble.