Opinión

Cuaderno de bitácora

Opinión

Cuaderno de bitácora

Desde la última campaña electoral en la que los candidatos dejaron de lado el compromiso con la sociedad española para iniciar una guerra de acusaciones con el denominador común del miedo, no se había visto jamás semejante espectáculo tan soez, indecente, vil e indigno por parte de dirigentes, opositores y satélites de ambos. Desde escaños, pasillos y ordenadores, todos han aprovechado los micrófonos para mostrar su cara más repugnante a la audiencia, con  el uso espurio de fallecidos para obtener un rendimiento electoral o una cota de poder, tirándoselos unos a otros a la cabeza, a excepción de utilizarlos para limpiar la propia imagen con celebraciones. Al Congreso tendría que ir Jesucristo a flagelar con el látigo de la decencia a Sus Señorías, porque usar así a los muertos, eso sí es profanación comparado con lo de a los mercaderes del Templo, que a fin de cuentas sólo vendían género y no sus almas al diablo.

No es necesario, en rigor, un análisis profundo para apreciar que no se puede caer más bajo. Lo lamentable no se limita a que los políticos tiren de difuntos para sus trifulcas,  sino que hayan conseguido polarizar a la sociedad, logrando que multitud de gente que, ni le va ni le viene su insidia, defiendan a capa y espada la posición de cada libre designado como si en ello le fuera la vida. Es vergonzoso que unas personas elegidas por sufragio -y no sólo el Gobierno o la oposición sino también aquellos que están ahí de paso, en corpúsculo o en solitario-, se dediquen a inflamar los ánimos en lugar de poner todo su empeño en bregar a favor de todos. Porque al drama de la pandemia, el confinamiento, el temor, las muertes; al saldo económico y social que se cierne, hay que reprochar, no a la mayoría de los diputados sino a sus formaciones políticas, que en lo único  que se baten el cobre sea en crear un clima de confusión y enfrentamiento.

Para lo que no tienen reparos es para apuntarse el tanto de las exequias a los caídos por el covid-19, buscando ratear todo beneficio del evento. Con el agravante de ser sabedores de que  los funerales no ayudan en nada al fallecido sino a sus deudos. El ritual marca un punto de inflexión desde donde comienza el proceso para cicatrizar la herida provocada por la pérdida y la ausencia.

Rojos, azules, rosas, amarillos, naranjas, verdes, morados y de colores, ninguno de ellos ha aclarado aún cómo se realizaría un funeral de Estado. Será religioso o civil. Respetuoso con las ideas de los fallecidos y sus familias, o impuesto según los criterios de quien haya decidido orquestarlo y, lo que es peor, de qué modo se congregará a los familiares de los 27.650 fallecidos bajo las restricciones del estado de alarma. Salvo que se trate de apropiarse de vivos y muertos, obviando que por acción u omisión, en cada negocio del mundo sólo hay un responsable: el que manda.

Una sociedad cuyos sucesivos gobiernos invierten recursos en fomentar el aborto y la eutanasia, olvidando dignificar la vida lo dice todo. Pablo Iglesias se ha sacudido los muertos de encima escudándose en que su Ministerio entregó 30 millones para atender a los mayores. Una cifra que dividida entre las casi 500.000 plazas de geriátricos que hay en España toca a unos ridículos 60 euros por persona, que se han llegado a verse excluidas hasta de la estadística de fallecidos. La sociedad y los políticos se deberían repartir a partes iguales la responsabilidad de relegar a los ancianos en cementerios de elefantes, en lugar de instituciones donde se dignifique su existencia.

“Aparta, abuelo” es la frase con la que más de un cafre se hace sitio, cuando no es su turno, a las escasas horas que nuestros mayores tienen asignadas para salir. Resulta obvio que Iglesias ignora que el Tiempo es un juez implacable. Antes de lo que piensa ya estará en edad de que le den la cuchara de palo. Entonces, quizá, entienda la cuenta de los 60 euros que le tocan, y las consecuencias del modelo involucionista planteado en antropología social, relativo al  trato de carácter punitivo, tanto físico como psicológico, del que son blanco los ancianos. Por esta senda camina el país de la pandereta: cobrar sin trabajar, aprobar sin estudiar, hacer encaje de bolillos con los codos, y ahora, más que nunca, todos se lavan las manos. ¡Que viva España!