Opinión

Desmemoria

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Desmemoria

La diferencia entre gobernar y mandar está en la búsqueda del bien común o sólo el propio. Por eso cuesta entender muchas de las palabras del vicepresidente segundo cuando afirma -pasándose la voluntad popular por donde Caperucita lleva la cestita-, que la oposición nunca volverá sentarse en el Consejo de Ministros, como si esa fuera una decisión suya en lugar de competerle al electorado. Quizá sepa algo que el resto del país ignora, o su continua acusación de un supuesto complot de la derecha para derrocar al gobierno, hace pensar que anda algo paranoico o que persigue una excusa para aplastar la pluralidad y libertad de expresión, sugiriendo que su intento por amordazar a la prensa y los ciudadanos durante el estado de alarma fue un ensayo general en esa dirección.

Pero lo realmente hiriente es su empecinamiento en la aprobación de normas que buscan censurar, limitar, reducir y, sobre todo, constreñir cualquier voz disidente. De hecho, la Ley de Memoria Democrática rehúye cualquier vestigio de justicia o de convivencia, fomentando simplemente el rencor y el conflicto, anticipando una gestión del estado basada en el divide y vencerás. Porque se supone que esa ley busca desagraviar los crímenes cometidos contra los republicanos, pero elude cuestiones  trascendentales, vitales para comprender la Historia de España. Los acontecimientos no surgen aislados e inconexos sino que forman un todo que explica el devenir histórico. Tal es el motivo por el que la Ley de Memoria Democrática se dejará en el tintero demasiadas cosas que, al menos aparentemente, a Pablo Iglesias no le interesa remediar, ya que nunca dará respuesta a los familiares de los religiosos y sospechosos de simpatizar con la Iglesia católica, martirizados desde 1931. 

Pero el ultraje crece exponencialmente cuando el foco se sitúa ya en pleno enfrentamiento bélico civil, dado que nunca dará respuesta a los crímenes cometidos por los revolucionarios bolcheviques, en contra de los socialistas y comunistas masacrados en España por orden de Stalin, y que la Causa General tampoco investigo jamás. Asesinados cuyas familias nunca serán amparados por esa Ley  ya que nadie investigará ni castigará sus ejecuciones. Los deudos de los socialistas y comunistas asesinados en Ruidera,  Argamansilla de Alba, ambas en Ciudad Real, en La Solana, Alcázar de San Juan, Valdepeñas, Campo de Criptana o el bombardeo de Cabra, en Córdoba, por citar sólo unos pocos, tienen una sombra tan larga como la lista de nombres que serán borrados de la historia.

La pregunta que se hace la ciudadanía es, existiendo ya una Ley de Memoria Histórica, por qué Pablo Iglesias no reclama su aplicación en la ceutí Mezquita Muley El-Mehdi, donde se ha realizado una reforma reciente a expensas de dinero público y, aún hoy se mantiene un convenio con la Consejería de Educación y Cultura a través de la guía Ceuta te Enseña, con la Escuela Viajera, celebrando en su interior clases de lengua y religión árabe además de conferencias a la que acuden grupos de distintos lugares del mundo.

Edificada por Francisco Franco entre 1939 y 1940 con fondos estatales, en agradecimiento al apoyo de las tropas musulmanas durante la contienda civil, se inauguró en la fecha simbólica del 18 de julio. Pero la enjundia está en su interior, donde una placa de mármol de dimensiones  considerables, firmada por el mismísimo Caudillo, hace alusión al tercer año triunfal y al año de la victoria, sin que nadie haya osado mover un dedo para retirarla por vulnerar la Ley de Memoria Histórica. Claro que para hacerlo hay que tener bemoles porque no es una iglesia sino una mezquita.

Aceptando que la ministra de Igualdad está en contra de la segregación de sexos en los centros educativos, quizá debería ser ella quien se personara en la Ciudad Autónoma de Ceuta, reclamando de paso un espacio común para hombres y mujeres en lugar de separados como están ahora en las mezquitas. Y puestos, revisar el derecho de reserva de entrada en las sinagogas españolas a mujeres que tengan la menstruación. Iglesias, lejos de una reconciliación, alimenta el enfrentamiento porque en él es donde nace y acaba su proyecto, olvidando que quien siembra vientos recoge tempestades.