Opinión

La revolución verde

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La revolución verde

Si hay algo que ha puesto en jaque la pandemia es a la vida urbana. El acceso cada vez más complicado a la vivienda, el precio de los alquileres o las hipotecas inasumibles, sumados al revés económico y la destrucción de empleo, hace que sean muchos los que vuelven la vista al campo.

Pero esa es una aspiración cargada de retos. No basta con que la propuesta tímida de algunos ayuntamientos facilitando vivienda a familias con niños pequeños. Dinamizar el rural requiere de una estrategia que diferencie el espacio laboral del habitacional, concentrando la población en núcleos que faciliten la dotación de servicios, tanto administrativos como domésticos.

No obstante, además de una cobertura global de servicios públicos, fijar población en el rural exige cubrir los aspectos relacionados con las oportunidades económicas y laborales. ¿Pero cómo afrontarlo cuando tales prestaciones dependen del nivel de ingresos de cada administración local, produciéndose un círculo vicioso de falta de financiación y abandono poblacional?

La respuesta hay que buscarla en la producción alternativa. Galicia disfruta de las condiciones técnicas y medioambientales, además de microclimas, necesarios y suficientes como para diversificar la producción agrícola-ganadera y agroforestal que, siendo respetuosa con las cuotas, limitaciones y políticas de la UE, permitan la implantación de cultivos alternativos.

Durante la celebración, en junio de 2015, del XXX aniversario del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea en el pazo de Mariñán, en "petiit comité", el exeuroparlamentario José Vázquez Fouz aludió a la falta de picaresca habitual en el país, que al declarar a Galicia como potencia pesquera y a Andalucía como productora agraria y no viceversa, supuso el desmantelamiento de la flota gallega y del agro andaluz, lo que hubiera repercutido beneficiosamente a España, que habría obtenido un volumen mayor de capturas piscícolas para Galicia y de producción agrícola para Andalucía.

Se trata de introducir especies susceptibles de aclimatarse a las características del suelo y clima que, respetando el medioambiente, tengan salida, ya sea para responder al mercado interno como para abastecer a la demanda exterior. Buen ejemplo está en sustituir el eucalipto por palmera cocotera, considerando la exigencia de copra, lo mismo para la industria de transformación alimentaria tras desbancar la grasa de coco a la de palma, como para la elaboración de cosméticos. Una utilidad que no termina ahí dado que su madera es fuente de celulosa, además de destilar alcohol metílico que, una vez oxidado y mezclado con la celulosa, proporcione plásticos biodegradables.

De igual modo puede explotarse la broza y rama de los montes para idénticos usos -habitualmente abandonada al pie de los caminos forestales o volcada a los ríos-, dejando el monte limpio y facilitando la prevención de incendios. O el destilado de tojo para aditivos de gasolina o combustible de aviación.

Otras alternativas, que no interfieran con las cuotas impuestas por la UE, están en la oveja y cabra, cuya carne, piel y derivados pueden comercializarse, así como la leche y subproductos (queso y yogur) Igual sucede con la leche de burra, muy solicitada en la industria cosmética, o la de búfala, apreciada para la elaboración de mozzarela, por ilustrar actividades que además reclamarían de una nueva industria auxiliar.

Contemplando la diversificación y alternancia de cultivos, así como la contribución de un excedente en régimen cooperativo, podrían sufragarse los servicios públicos en el rural, llamando así a nuevos comuneros. Medidas sencillas que llevarían a la prosperidad individual y colectiva, llenarían nuevamente de risas las escuelas cerradas, y anegarían de vida e infancia a la España vaciada.