Opinión

Prueba de carga

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Prueba de carga

Es el protocolo que, cuando se termina la construcción de un puente, antes de abrirlo a la circulación,  se estacione sobre él toda la maquinaria empleada en la obra para verificar su resistencia e idoneidad. Esta maniobra, denominada prueba de carga, permite determinar su comportamiento y seguridad. Esta es, por desgracia, la prueba a la que está sometida en este momento la Nación, sin que en un pasado a nadie se le ocurriera elaborar un plan de contingencia para enfrentar un escenario como el que abrió el estado de alarma. Mientras el Gobierno lucha, con mayor o menor fortuna, para conseguir un material sanitario que jamás figuró dentro de las reservas estratégicas, otros bregan a favor del país y mientras Amancio Ortega abre un pasillo entre China y España para descargar a sus expensas 35 millones de mascarillas, al rey le basta una llamada para conseguir que Estados Unidos surta a España de los respiradores que ellos mismos necesitan.

En tanto este drama nacional avanza, siempre habrá depravados que aprovechan el río revuelto para sacar su ganancia. Para entender esto conviene explicar dos sencillas cosas. La primera es la falacia de que Amancio Ortega no paga impuestos, ya que el año pasado abonó a Hacienda 1.000 millones de los 4.000 que ganó, cuando podría tener deslocalizado su emporio y tributar apenas 200 en Asia. Pero lo cierto es que este archimalvado Ortega,  azote de mentirosos, por decisión personal prefiere tributar en España. La segunda es que Corinna ya tiene a todos hartos después de pasarse un mes y medio diciendo que iba a denunciar a Juan Carlos I, sin evidentemente demandarlo, y sin que quede claro que sea ella o algún interesado el que esté propagando bulos. Hay tres cosas que quedan claras: que el rey absoluto de Arabia saudí puede meter la mano el el bolsillo y darle el dinero que le salga del puro a quien le dé la gana, y que Juan Carlos no puede ser juzgado en Suiza por algo que ni le va ni le viene, y mucho menos en España por algo que presuntamente podría haber sucedido entre noviembre de 1975 y junio de 2014. Eso lo saben hasta los manteros del Paseo. 

¿A qué viene entonces esa insistencia machacona de Echenique en malgastar dinero público en algo que no puede ir a ningún lado, y que mejor se podría invertir en las actuales necesidades del país?  Pues viene a lo mismo que la tozudez cargante de Pablo Iglesias con sus mensajes por las redes, alusivos al artículo 128 de la Constitución, estableciendo que toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general -aún a sabiendas de que la Carta Magna se aplica en conjunto y no con artículos segregados-. Una aparente irresponsabilidad cuyo impacto puede ir mucho más allá. Aludiendo a los fondos de los pequeños ahorradores y amenazando de trasmano con corralito. ¿Y qué se lograría con ello? Una respuesta plausible sería  asustar y desestabilizar. Incitar a la mayoría a vaciar sus depósitos financieros, arruinar a los bancos y colapsar la economía. ¡Pero eso es una locura! ¿De qué serviría hacer eso? Para acabar con la clase media y transitar a otro modelo de Estado.

El vicepresidente 2º y ministro sin cartera, con absoluta deslealtad al pueblo y al presidente del Gobierno, se limita a hacer una prueba de fuerza para comprobar si su puente aguantará hasta octubre, con el fin interesado y egoísta de anticipar su Agenda 2030, que, ante la evidencia de su conducta, no consiste en otra cosa que condenar al país a una dictadura, enquistándose en el trono del soviet supremo, aunque sea al precio del bienestar de todo el pueblo. 

Sus actos ociosos y vacíos apenas lo llevan a encaramarse a los micrófonos para gritar al público que los políticos deberían donar parte de su sueldo, cuando los demás, PSOE, PP y Ciudadanos ya se  habían adelantado. Mostrando su cara más rapiñera y oportunista, aparte de malmeter sin dar un palo al agua, lo mejor que podía hacer Pablo Iglesias es dimitir, total no hace nada, marchándose a su casa, dejando de entorpecer los esfuerzos del Gobierno y de quienes pugnan por el país, ya sea el anónimo vecino, Ignacio Rivera, Amancio Ortega -más que meritorio candidato a marqués de Zara-, el Ministro de Sanidad,  o  la Corona. Porque, agradeciendo el tesón de quien actúa en interés del pueblo y desterrando egoísmos, los españoles se merecen sólo a los mejores.