Opinión

San Martín

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San Martín

El 409 d.C. marca una de las huellas más profundas en la identidad ourensana. Ese año se funda el primer reino feudal de Europa: el Reino Suevo o de Gallaecia, un vasto territorio que, rivalizando con la monarquía visigoda, en su momento de apogeo llegó a ocupar la actual Galicia, Asturias, Cantabria, León, parte de Burgos, Palencia y Salamanca, además de Portugal, Sevilla y Cádiz.

De confesión cristiana, la corona sueva era afecta a lo que la iglesia de Roma definía como herejía arriana, siendo el conocido evangelizador del norte peninsular, Martín Dumiense, en responsable de atraer al rey suevo a la nueva fe.

Asomarse a la terraza del antiguo Hotel San Martín, ahora adquirido por la empresa mallorquina de viajes, es en sí mismo evocar 1.500 largos años de historia de la vieja Auria

Con la capital instalada en la actual ciudad de Ourense, el palacio de los reyes suevos se asentaba sobre el antiguo pretorio romano -muy próximo a las Burgas-, en cuyo solar se erigió con posterioridad el antiguo palacio episcopal, hoy sede del Museo Arqueológico Provincial.

Y es precisamente en ese espacio donde la leyenda -con bastantes probabilidades de historicidad, considerando la mentalidad mágico-religiosa de la época-, toma cuerpo justificando la conversión del rey Carriarico, tras enviar un embajada a Martín Dumiense, solicitándole reliquias de San Martín de Tours, buscando que obrasen un milagro sobre la enfermedad de la piel que aquejaba su hijo Teodomiro. Del resultado final da cuenta el hecho de nombrar patrono de la ciudad a San Martín, en aquella incipiente Alta Edad Media.

Así el canonizado presta su nombre a espacios, plazas y construcciones, evocado también al levantar la torre más emblemática de la moderna ciudad auriense. Porque lo mismo San Martín que el edificio que durante cincuenta años albergó el más sonado hotel son, de manera indiscutible, dos signos identitarios de los ourensanos, hasta el extremo de haber sido declarado este último como patrimonio.

Junto al Puente Viejo, el del Milenio, las Burgas y el Santo Cristo, la Torre de San Martín es icónica de la ciudad, y no en vano: diseñada en 1968 por el arquitecto y presidente de la Diputación de Ourense entre 1959 a 1970, Antonio Alés Reinlein, con sus 76 metros se convirtió en el edificio más alto de su género en toda Galicia. Concebido para alojar oficinas, apartamentos y el hotel, su presencia es fundamental en el despegue económico ourensano, al coincidir con la fundación del Polígono Industrial de San Cibrao, ofreciendo hospedaje a los nuevos inversores.

Asomarse a la terraza del antiguo Hotel San Martín, ahora adquirido por la empresa mallorquina de viajes, es en sí mismo evocar 1.500 largos años de historia de la vieja Auria. De ahí el conflicto que la touroperadora está generando ya que, pese a la oposición del vecindario, están eliminando la cartelería del hotel y hasta la marquesina que comunicaba la entrada del alojamiento con La Jaula, así denominada la cafetería con afecto por los ourensanos.

Todo un despropósito que sucede ante el rechazo de la vecindad y la mirada pasiva de las instituciones, que facilitan las licencias de obra para desmantelar la memoria de la ciudad. La empresa explotadora del actual hotel debería valorar el límite de la modernización y dónde el desprecio a los 120.000 habitantes de la urbe.

Desde la calle del Paseo, hace ya mucho que el emblemático nombre del hotel ha desaparecido. ¿Buscará la nueva propietaria borrar todo vestigio del inconsciente popular ourensano? Es dudoso que lo consiga, ya que cuando un turista pregunte a alguien por las señas del hotel, el viandante seguramente le dirá que no sabe de cuál habla, hasta que su recuerdo se ilumine con la expresión: “¡Ah, bueno!, usted se refiere al Hotel San Martín”. Porque la memoria colectiva brilla con mucha más intensidad que unas simples luces de neón.