Opinión

Tradición

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Tradición

Amás de uno le sorprenderá saber que la gaita es un instrumento mucho más extendido que sólo por Galicia, Escocia e Irlanda. En su profusa diversidad, existe una disparidad de formas y nomenclatura: doce en Francia, ocho variantes de gaitas y cornamusas en el Reino Unido y Rusia, cinco en Polonia, cuatro en Irlanda, Italia y Grecia, tres en Alemania y Turquía, dos en Lituania y en Georgia, una en Suiza, Austria, Suecia, Estonia, Finlandia, Letonia, Laponia, Ucrania, Chequia, Rumanía, Hungría, Croacia, Bulgaria, Macedonia, Albania, Malta, Armenia, Azerbaiyán, Omán, Kuwait, Baréin, Irán, Kazajistán, India, Túnez, Libia, Bélgica, Países Bajos, y hasta en México. En la Península Ibérica variaciones diseminadas por Aragón, Asturias, León Castilla, Galicia, El Bierzo, Sanabria, ,Cataluña, Andorra, Mallorca, Cantabria, La Rioja, y Valle de Arán, así como en las lusitanas Minho, Douro, Beira, Tras-os-Montes y Estremadura de la Región Centro de Portugal.

Con tamaña heterogeneidad de formatos, materiales de fabricación, técnicas de interpretación y localizaciones, se comprende que la gaita, aunque incluya estructuras como la cornamusa, con fuelles en lugar de sacos; con uno o múltiples roncones, o incluso próximas a la zanfoña, queda claro que la gaita es un instrumento universal, cuya utilización remota se atribuye a babilonios, fenicios, hebreos, romanos y celtas.

No debe por lo tanto extrañar que alrededor de la gaita existan tantas figuras retóricas y expresiones coloquiales de sentido más que conocido como ser una gaita, dar la gaita, dejarse de gaitas, andarse la gaita por el lugar, estar en la gaita, templar gaitas, o incluso oprobios como ser un soplagaitas, abundancia de giros gramaticales que denuncian la profunda impronta, asimilación y antigüedad del instrumento en la sociedad. Pero es su actualidad dentro de su naturaleza atávica lo que la convierte en tradición, ya que a su valor histórico se le añade que su uso aún permanece vivo. Y esta es precisamente la característica que define a la tradición, que no es otra que la transmisión de padres a hijos a través de las generaciones-conservada por los pueblos-, de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc.

Es por ello que no asombra escuchar el impresionante atronar del Himno de Guerra Escocés, interpretado por la Banda de gaitas del Batallón de San Patricio, desfilando por la Quinta Avenida de Nueva York, con motivo del la Gran Parada de San Patricio, o que por primera vez en 250 años se escuchase el Ave María de Schubert interpretado por la Real Banda de Gaitas de la Diputación de Ourense.

Lo que da lugar a los más enconados enfrentamientos es la contumaz testarudez de algunos sectores de la sociedad gallega, en querer imponer costumbres que sin duda son irlandesas pero no locales, invocando compartir un remoto pasado celta. Tal es el caso de Samaín, una celebración absolutamente alejada de las costumbres gallegas y que se está forzando como una tradición inexistente. No deja de llamar la atención que etnógrafos desde el Resurgimiento hasta la actualidad, entre los que cabe mencionar a Pérez Placer, Bouza Brey, Xoaquín Lorenzo, Taboada Chivite y otros tantos que estudiaron´minuciosamente, describiendo con precisión milimétrica la cultura gallega, al mostrar la festividad de difuntos y las prácticas que la rodean, jamás mencionaron nada que se relacione con el Samaín. Como tampoco lo citan Jerónimo Feijóo, Samuel Eiján o el Licenciado Molina, ni figura al respecto ningún acta de la Inquisición, siempre celosa de velar por la pureza de las costumbres. Lo que muestra al Samaín como una tradición tan gallega como folclórico pueda parecer hacer desfilar el Paso del Cristo de los Faroles por la Gran Avenida.

Sin entrar a discutir que se festejase o no en la Galicia prerromana o altomedieval, resulta absolutamente discutible empeñarse en que el Samaín sea una costumbre celebrada desde siempre, cuando sólo está asimilada por endoculturizados pero no por la mayoría de gallegos, y es que cuando una costumbre muere deja de ser tradición para convertirse en historia.