Opinión

Calviño

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Calviño

Nadia Calviño es lo más serio que hay en este gobierno. La tan experta en Comercio Internacional González Laya ha demostrado que no conoce las entretelas del comercio chino, Escrivá en Seguridad Social no comparte lo que han defendido siempre los socialistas sino lo que ha sido siempre bandera de Podemos, y el tan laureado Castells no ha tomado una sola iniciativa que haga pensar que las universidades españolas van a conseguir el prestigio internacional que tanto necesitan.

Calviño compareció tras el Consejo de Ministros del martes poniendo en claro las medidas del Gobierno. Mientras Iglesias utilizaba su habitual demagogia y se ponía medallas de “gran conseguidor”, la ministra de Economía desgranaba qué significaba cada propuesta y sobre todo echaba abajo la idea de que el Gobierno va a mandar dinero a espuertas, y a fondo perdido, a todos los sectores sociales más desprotegidos. Hay dinero, pero se trata en su gran parte de moratorias o créditos; en algún momento habrá que devolverlo. El miércoles, donde Alsina, insistió más en ese aspecto y, como buena conocedora de la UE, donde trabajó durante años, fue sincera al explicar qué limites de los que pone Bruselas son traspasables con medidas alternativas y cuáles son de obligado cumplimiento. Expuso también su deseo de evitar el rescate que quizá nos permita salir del atolladero, pero exigiría sangre sudor y lágrimas impuestos por los tan mencionados “hombres de negro”.

Sánchez ha demostrado sobradamente estos dos años de gobierno que, además de ser un profesional del engaño, su título de doctor en Economía solo le sirve para colgar en la puerta de su despacho profesional si un día lo tiene. No tiene idea de diseñar un programa de emergencia nacional. Lo que en cambio sí sabe hacer Calviño, como demuestra en cada comparecencia aunque sea Iglesias quien intenta apuntarse el mérito.

El programa que han presentado, aparte de que puede tener fallos que calibran los expertos, parte de un grave error fallo inicial: es una imposición, no lo ha consultado Sánchez con nadie, ni con las fuerzas sociales ni con los dirigentes de la oposición. A estos últimos Sánchez no los quiere ver ni en pintura, huye de ellos como si fueran apestados, los detesta. Sin embargo, para que un país vaya bien salgan adelante las iniciativas legislativas, más todavía en momentos difíciles, el diálogo y la colaboración entre gobierno y oposición son indispensables. Como hizo Suárez al impulsar los Pactos de la Moncloa que cambiaron España.

Ya que Sánchez tiene alergia a los líderes de la oposición, podría elegir a Calviño como interlocutora. Sebe de qué habla, su tono de cercanía ayuda, no tiene animadversión a nadie por sus ideas políticas y además es la mejor valedora del Gobierno en Bruselas. De hecho, si no nos aprietan más es porque Calviño es la responsable económica del equipo de Pedro Sánchez, de cuya capacidad de gobernar con la necesaria eficacia, en Bruselas y Frankfurt confían lo justo.