Lisboa o el rezador impertinente

Lisboa o el rezador impertinente

Me voy a Lisboa. Es un agosto extraño. El frío, lagarto a rayas, nos muerde las pantorrillas a las dos de la mañana. Portugal desde Chaves se acuesta pardo, húmedo y plano. 

Este autobús popular nos lleva. Mientras la gente dormita lo oscuro y lo claro se entremezclan con las luces, los neones, las curvas, los árboles ya casi negros y el rugir de las tripas del motor de esta “guagua”. 

Si miro a un lado u otro veo a todos los viajeros negros. Yo, claro, también soy negro y sonrío pensando que así nos verá Dios: todos iguales, todos negros, o amarillos o yo que sé, montados en nuestra particular patera hacia la orilla que nos espera. Viajeros somos todos, extranjeros por un rato. Caminamos a trompicones. Casi nos caemos pero alguien nos debería echar una mano en éste nuestro camino de baldosas descoloridas.

Dormitamos. La luz de la mañana se quita despacio su pijama y posa sus pies descalzos sobre las uvas de ramisco y de touriga que se esparcen a un lado y otro de la carretera. ¡Buenos días! 

Siempre es tan hermoso lo que ves que quieres empaquetarlo y conservarlo en tu vieja caja de chocolatinas. Tu deseo es desenvolverlo y enseñarlo a la vuelta. Pero es inútil. Nadie va a sentarse contigo a gozar de esas imágenes. Olvídalo. Nadie lo ha hecho jamás. Por eso hace tiempo que no hago fotografías, ni selfies, ni videos, ni nada.

La tentación es grande. Los temas múltiples. ¡Qué bien me siento! Portugal es el balcón de mi casa. 

Nazaré, los acantilados, el puerto y Caldas da Raíña. Lisboa y la Torre de Belém y los descubridores y el aire oliendo a Camoes y a mayonesa. Pombal. Sintra, Guincho, Cascais y Estoril. Peniche, Óbidos, y Alcobasa. Voy a congelar estos ruidos, estos olores, esas miradas, esos fados bullangueros, pura galantería portuguesa. El vino verde y el bacalao gratinado y de rechupete. Cebolla y cilantro. El queso “aceitao” mantecoso y una pizca picante. O las sardinas asadas y ¡ah! un poco de arroz de pato. Apunto en mi Moleskine rojo que de postre… pasteles de nata.

María se acurruca mientras lee “Cementerio de pianos” de Peixoto, pero al momento, después del segundo fantasma se queda frita.

Hoy volvemos a casa después de tres días en el vientre de nuestra particular ballena. Y el tisú de la noche sujeto con su chincheta blanca nos envuelve. En esta particular noche, yo también cierro los ojos y sueño. Dios padre aprovecha que dormimos y se nos cuela en mi autobús lusitano y es una madre que se acerca a cada uno y nos arropa y nos da besos de buenas noches, en la frente. No puedo verle porque aún tengo muchas dioptrías en el corazón. Pero sí que le pregunto y pregunto y repregunto impertinente. Pero tampoco puedo oírle porque entonces se va despacio, bonancible sobre sus zapatillas fabricadas con el relente de la mañana. Y me pongo a tiritar y despierto de repente.

Al final del día Lisboa, mi dulce terrón de azúcar, ya se ha diluido y precipita en el fondo de mi vaso la nostalgia.