Opinión

Nada es extraordinario

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Nada es extraordinario

Era el año 1.914. Aquellos viejos coches entrando por el Toral y aparcando en aquella explanada llamaban la atención. Tanto es así que se llegaron a contar hasta tres vehículos: un Ford“T”, un Daimler-Benz y lo que parecía un Aston Martin.

Los señoritos se bajaban de sus automóviles estirando sus bigotes mientras sus mujeres, esposas o amigas, andaban pisando de mala manera entre tanto barro. El farmacéutico de la localidad y el cabo de la Guardia Civil les daban la bienvenida y les acompañaban a través de aquellos caminos de carro que entre zarzas, hermosas huertas, un par de chopos despistados y algún que otro palomar, iban abriendo un espectáculo bucólico ante los ojos urbanitas de aquellos viajeros. Las castañas aún resistían verde esmeraldas acogidas en su erizo, mezclado, ahora, muerto el verano, con los ocres de las sendas viejas, los azules de los regatos y los grises de los árboles centenarios.

¿Pero cómo es el tema? Preguntó aquel que parecía el jefe de la expedición. Sí, parece que es un hombre de una inteligencia extraordinaria, cosa rara entre los labriegos. Protestó la señora de la pluma en el sombrero, recordando al grupo cómo entre las gentes más humildes, en numerosas ocasiones se dan verdaderos sabios y artistas. Todos los seres humanos somos iguales apostilló el boticario joven. Carraspeó el conductor de la berlina y pronto vieron, ya en la loma, un grupo de vacas y un hombre con gorra negra. El prado era grande y húmedo. El perro mastín se alzó sobre la piedra de cuarzo de tal manera que hubiese parecido un adorno de biblioteca si no fuese por la desazón con la que ladraba a la cuadrilla de visitantes.

El hombre de la gorra se la quitó por cortesía. Le saludaron amablemente. Bueno, aquí estamos a verle a usted. Nos han contado que tiene unas dotes especiales. Aquella chica con voz de pito disparó de inmediato la pregunta: “¿Qué hora es ahora?”.

Los urbanitas estaban excitados y entusiasmados. Todos en el lado superior del prado daban la vista al pequeño pueblo que les quedaba al fondo de los pies. No entendió bien la pregunta y se la volvieron a hacer: ¿qué hora es ahora? Se agachó con tranquilidad y vieron con entusiasmo cómo después de mirarle la ubre a la Garbosa, vaca blanquinegra, respondió: “Son las seis menos sete minutos”. Echaron, todos, las manos a sus escondidos relojes y comprobaron que efectivamente ¡esa era la hora! Era increíble pero lo habían visto con sus propios ojos. Era pues algo demostrado. Científico.

El periodista de la Región que les acompañaba, ya fuese o no por hacerse ver ante la señora de la pluma en el sombrero, que le hacía ojitos, le dijo: Háganos el favor y descúbranos el secreto. ¿Cómo es posible que usted, sin reloj, y con mirar sólo la ubre de sus vacas pueda saber la hora?

El hombre, al que ya habían hecho famoso, dijo: “No existe lo extraordinario. Ustedes me preguntaron la hora. También lo hicieron otros que me visitaron. A mí me es fácil. Delante de mí están las vacas. Sólo tengo una forma de saberlo: agacharme y mirar tranquilamente por debajo de la vaca que tenga más a mano, el reloj de la iglesia del pueblo”. 

Al volver aquel grupo de hombres de ciudad lo hicieron, corridos y en silencio mientras el otoño se puso a resbalar por la espalda de las reses bravas.