Opinión

El pajarito de la suerte

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El pajarito de la suerte

Contaba el señor más majo que he conocido, mi entrañable padre, cómo estando en la mili en aquella marítima y comercial ciudad de Ferrol, fue en una ocasión a lucir sus relucientes galones de cabo a una de aquellas fiestas populares que celebran con cualquier escusa. Lo imagino jovencísimo con su gorro militar con borla roja, caído estilosamente al lado izquierdo. Seguro que cruzó las miradas con aquellas jovencitas a las que siempre recordó muy guapas. A eso se le llama, e hizo bien, pavonearse.

Los puestos de venta se extendían a un lado o al otro y en fila iban ofreciendo las pequeñas producciones de los años cuarenta: unos cuarterones de tabaco, unas tijeras inoxidables, unas cajas de mixtos o unas cuchillas acanaladas “Palmera”. Puede que también unos calcetines de lana, unas corbatas de rayas, la mirada azul e impecable de la tendera, un par de relojes de cuerda, unos botones de nácar y una cartera.

Pero allí, al fondo de todo, descubrió cómo se arremolinaba la gente ante un hombre bigotudo que con voz histriónica gritaba de vez en cuando: “Pregúntele por su futuro al pajarito de la suerte”. En esos tiempos difíciles de posguerra cuando el futuro era sólo una ilusión pintada en el aire, cuando el hambre se iba trampeando en el cuartel con un par de chuscos y mucha sopa, aquello era una oportunidad. Y todo por 10 céntimos. Eso era una bicoca.

Su procedencia filipina le daba un inveterado prestigio, cuasi mágico, a aquel Martín pescador. El pajarillo Iba saltando entre los dos pequeños columpios de aquella jaula. La gente se apelotonaba entusiasmada. “Yo quiero uno” dijo mi padre. Abonó la ingrávida moneda de aluminio y esperó. El dueño, con remilgos para hacer más tiempo y más propaganda, se dirigió al pájaro sabio con olímpica dicción y le solicitó que buscase entre los cien papelitos cilíndricos: “Te ruego escojas para este gallardo joven, el que, sin duda, va a ser su futuro”. El pajarillo, bien entrenado, tomó con el pico un pequeño cartucho y lo acercó a los alambres. Un “oh” suave y comunitario se escuchó con eco.

La chica que le acompañaba, que suponemos una maestrilla o ya mismo una rumbosa criada, con su delantalito y su cofia, le apretó con expectación el brazo. Luego con cierto temblor de manos y apartados de toda aquella gente, bajo una tenue bombilla de 125, leyeron con fruición el papelito de la suerte: “Su futuro está en la lotería pero habrá de jugar de esta manera y de ésta”. En ese instante se levantó un golpe de viento, habitual en la ciudad departamental, y arrancó, irremediable, el papelito de las manos de la joven… ¡qué pena! 

Mi madre, que a veces le oía contar esta hilarante historia, solía acompañar el texto leído con éste de su cosecha: “y ha de tener mucho cuidado ese soldadito con la rubia que lleva de brazo, porque es una pelandusca”. Se reían ambos y entonces decían a coro: “la mejor lotería el ahorro y la economía”.

He preguntado a un gorrión por el mundo venidero. He podido leer en una letra minúscula esta predicción para la esperanzada gente: “En el nuevo año 2021 se curará la pandemia y para quien haya leído, inteligente, esta historia del pajarito será un tiempo de salud y suerte”. 

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