Jesús Prieto Guijo
LA OPINIÓN
Las leonas con melena
Manuel Luis Acuña Sarmiento acompañó al siglo y sufrió duramente sus zarpazos, pero terminó por tomarse un triple desquite respecto a la adversidad. Primera y gran compensación a las pruebas y avatares: separado brutalmente por el régimen de Franco del cuerpo del Magisterio sólo a causa de sus ideas políticas, logró -justamente en la docencia- el prestigio de la ciudad de Ourense, que le consideró como uno de sus maestros a lo largo de varias generaciones, en las academias Mercantil y Bóveda, de la que fue sucesivamente subdirector y director. Qué gran victoria no buscada. De ahí vino su serenidad, la superación de la amargura causada por el descalabro individual y colectivo que supuso la desaparición de las libertades en España por culpa del franquismo.
Otro resarcimiento y no menor: sus ideas de tolerancia, de convivencia, de democracia fueron las que al final de una noche de cuarenta años se impusieron. Tenía razón. Qué fuerza las de estas ideas, quien crea que son débiles se equivoca. Han salido triunfantes sobre el ramalazo del fascismo español, están consolidadas y arraigadas en la actualidad. Por último, Manuel Luis Acuña se convirtió después de su fallecimiento en muestra y símbolo de la revancha de una generación esmagada.
Su llamada poética se sublimó en su vocación paralela. La docencia, en la segunda mitad de su vida, la docencia, que había tenido una primera manifestación en la época de la República cuando habiendo obtenido el número uno en toda España en las oposiciones al Magisterio Nacional, fue destinado al colegio Concepción Arenal de Madrid, donde se impartían las enseñanzas más adelantadas.
Por ello me llenó de satisfacción la reivindicación de Manuel Luis Acuña como poeta gallego y maestro nacional que han impulsado profesores galleguistas jóvenes: Ramón Nicolás, Xoán Carlos Domínguez Alberte, el catedrático y vicerrector de la Universidad de Vigo Xosé Manuel Cid, el catedrático Marcos Valcárcel, el miembro de la Academia Galega Francisco Fernández Rei, entre otros, quienes ya han organizado cuatro congresos anuales en honor de Acuña, que se convierte así en emblema de una generación de maestros de la II República. La ciudad de Ourense contribuye a recordarle al dar su nombre al Colegio de A Carballeira por un acuerdo del Ayuntamiento a propuesta del concejal socialista José Sueiro.
Se acaba de celebrar ahora el IV Congreso Manuel Luis Acuña dedicado a estudiar tanto su figura como su época.
En los años ochenta y noventa, el malogrado compositor ourensano Raúl. R. Pazo, subyugado por la sensibilidad poética del poemario de Acuña Fírgoas (grietas, hendiduras, intersticios) musicó muchos de sus poemas como O eco, Meu, O afiador, Arela..., pentagramas que obran en mi poder y cuya selección interpretó más tarde la pianista internacional Rosa Torres-Pardo en un concierto en el Liceo Recreo Orensano.
El espléndido silencio de publicaciones que no de obra de Manuel Luis Acuña revela una cierta elegancia reconocida por Ricardo Carballo Calero cuando dice: Esta actitude humana dun autor que non necesitaba máis que cultivar o xénero de moda para bulir nas antoloxías, non pode menos que suscitar respeito e estima.
Lo propio de Acuña es que lo descubran o lo redescubran. No daba pasos al frente. Sus admiradores no vinieron en legión. Le molestaría. Sólo lo hicieron aquellos que saben apreciar la palpitación de su poesía.
Después de la publicación de Fírgoas en la mítica editorial Nós, con uno de los primeros trabajos de un joven Prego en la tapa, vinieron más ediciones, varias en La Región, a cada cual más cuidada, como la también ilustrada con un cuadro polícromo de Prego en la portada, y hubo otras como la muy documentada de Xerais, editorial que dedicó a Manuel Luis Acuña un primoroso libro que contenía los poemas de Acuña ilustrados por una pléyade de pintores y escultores gallegos, Isaac Díaz Pardo, Luis Seoane, Colmeiro, Laxeiro, Xaime Quessada, Antonio Quesada, Virxilio, Enrique Ortiz, Xosé Luis de Dios, Castillo, Trabazo, Antón Pulido, Ánxel Huete, Failde, Leiro, Acisclo Manzano, Baltar...
Fírgoas recibe elogios de Xosé Luis Méndez Ferrín, Carlos Casares o Domingo García Sabell, quien dice que este libro narra lo inefable con opulencia plástica.
El historiador ourensano Antonio Fernández García resalta el progresismo pero también el gracejo de Acuña en los versos festivos Tri-ki-tra-kes que vieron la luz en el republicano y galleguista Heraldo de Galicia.
Su renuncia a publicar era producto de su esencialismo, presente tanto en la obra poética como en su modo de ser. El catedrático Darío Villanueva habla por ello de la poesía sustantiva de Acuña.
En realidad, le bastó un solo libro editado, que conserva hoy en día todo su fulgor, para figurar en el canon de la poesía gallega. Tras Fírgoas, de haber sido algo fatuo, cosa en las antípodas de su carácter, fue como si dijera: Ahí les dejo esa pequeña obra maestra. Vale. No les entretengo más.
Tal un Rimbaud nórdico, anotó al evocarle el ensayista Carlos Gurméndez en El País, en la glosa a la última publicación del poemario, y a mí me encantó la mención, aunque fuera exagerada porque, claro, Arthur Rimbaud (1854-1891) estremeció al mundo con sus excelsos poemas a los 14 y 18 años -la edad de la poesía por excelencia- y luego no volvió a escribir.
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