Opinión

El ocio nocturno

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El ocio nocturno

Hasta que con ese nombre se creó una poderosa industria, se decía que el ocio era la madre de todos los vicios, y eso que no existía aún propiamente el "ocio nocturno", pues el ocio de la noche se empleaba en descansar, en dormir, o en tratar de hacerlo, bien que sólo aquellos que debían restaurar fuerzas para poder trabajar y seguir ganándose la vida así, un día más, honradamente. El resto, un conjunto muy heteróclito de criaturas, no se puede decir que anduviera ocioso en la oscuridad más o menos estrellada: atracadores, serenos, escritores, suripantas, traperos, curdas, polizontes, bohemios, proxenetas...

Hoy el "ocio nocturno", convertido en una industria más poderosa e influyente que la del ocio a secas, puede que no sea la madre de todos los vicios, pero sí de buena parte de los contagios por coronavirus, por mucho que alguien se haya sacado de la manga una estadística que le atribuye un porcentaje mínimo, irrisorio, de éstos. Ese llamémosle ocio, que sin duda emplea a miles de trabajadores y que genera un consumo (bebidas, música, taxis...) que beneficia a otros tantos, no parece sentirse concernido, sin embargo, por la imposibilidad coyuntural, y dramática, de continuar su actividad mientras se montan a toda prisa hospitales de campaña y se vuelven a llenar las UCI porque la gente torna a infectarse, a enfermar y a morir en este rebrote salvaje de la pandemia.

Inexistente un mando único y capaz frente a esta, que debiera determinar para todo el territorio de la nación qué hacer con las aglomeraciones, particularmente con las nocturnas empapadas de sustancias desinhibitorias, se ahonda el conflicto entre quienes defienden seguir la juerga como si nada, ora por interés económico, ora porque les va, y quienes, más sensatos, claman por dejarla para cuando pueda retomarse, esto es, para cuando no actúe de agente transmisor del coronavirus y de bofetada a la ética, a la estética y a la solidaridad comunitaria.

Poco falta, de seguir así las cosas, para que en una misma localidad coincidan a pocos metros dos mundos que hoy menos que nunca deberían coincidir: el del chunda-chunda hasta el amanecer y el de los derribados por el virus que luchan en la noche con sus sanitarios, a brazo partido, por sobrevivir.