Opinión

Aprendiendo a votar

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Aprendiendo a votar

No hay cursos, ni clases, controles ni exámenes para votar. Los hay para todo; para aprender idiomas, contabilidad, de soldar, de corte y confección, baile clásico y moderno, para cocinar, para conducir, etc., pero para votar, mira tú, con ser tan importante, no tenemos ninguno, y eso es el problema, porque, dependiendo únicamente de nuestro voto el rumbo que van a tomar los acontecimientos en nuestro país, no tenemos una triste academia para apuntarnos al menos unos días antes de las elecciones, para que nos pudiera servir de orientación al momento de entregar nuestro voto en esa urna de donde van a salir las personas que patronearán este barco en el que todos estamos obligados a navegar en un mar agitado y en unos tiempos convulsos y difíciles, por lo que es muy importante saber quién va a hacerse cargo del timón.
De la misma forma que tendríamos mucho cuidado en elegir al conductor/a que nos va a llevar por una carretera helada de montaña en un día de invierno, o cuando tenemos que elegir a un cuidador al que le vamos a dejar en custodia nuestro hijo pequeño, que nos obligaría a recoger informes de todo tipo y referencias de su capacidad, seriedad e integridad, antes de subirnos al vehículo, o de entregarle a nuestro hijo, con mucho más motivo tendríamos que poner sumo cuidado a la hora de elegir con nuestro voto a los representantes políticos que nos van a representar ya que a ellos le vamos a dar todo nuestro poder del pueblo al que pertenecemos. 
De vez en cuando aparecen personajes importantes, o al menos ellos se lo creen, dándonos su opinión y consejos, con frecuencia alarmantes, ante el panorama político que ha resultado de las últimas elecciones y que ha desembocado en el actual gobierno que tantos interrogantes suscita pero que; sabiéndolo o no, queriéndolo o no, es lo que ha salido de las urnas, simplemente, y punto pelota, no va más. Esto no es fácil de entender después de tanto tiempo esperando que otras instancias; ya sean divinas, civiles o militares, de alta graduación, eso sí, se pusieran al mando y llevaran el timón de la nave en medio de la tempestad.
 La verdad es que no terminamos de creernos, con lo importantes que nos consideramos cada uno a nivel individual, que de verdad es el pueblo, y solo el pueblo, esa masa anónima, incontrolable e imprevisible, la que ordena y manda con sus votos. Cómo cantaban los portugueses: “Grándola Vila Morena, o povo e quem mais ordena”. Pues sí, por suerte o por desgracia es así, y el pueblo es quien ordena, así de simple, aunque se equivoque, y seguirá sorprendiéndonos que ni el rey, ni los generales, curas, jueces, obispos ni el papa, puedan intervenir y mejor así, porque cuando lo hacen, y de suyo, a menudo intervienen, los pobres, intentando ayudar a solucionar los conflictos que se nos presentan, con la mejor intención, eso sí, por lo que le tenemos que estar agradecidos, pero desafortunadamente, casi siempre lo ponen peor. Cómo decía aquél: No me ayude más. ¡Por favor! 
Las clave estará entonces en saber votar, pero nos pasa como con esas cosas que damos por hecho que sabemos hacerlas, pero que llegada la hora de la verdad, no tenemos ni idea por dónde empezar, por eso que necesitamos ayuda y como siempre que queremos aprender algo no tenemos más remedio que ir a la escuela o si prefiere, academia. El problema es que esta escuela no podría tener un director/a y unos profesores al uso, es decir, humanos/as, porque sería impensable que fueran totalmente neutrales e imparciales y por lo tanto podrían influir en nuestro voto en función de sus ideologías, creencias, aficiones o manías, por lo que tendría que estar dirigida por máquinas que, aunque estén fabricadas por humanos, su funcionamiento se independiza de sus fabricantes y no suelen equivocarse.
El que diseña y fabrica un cajero automático no puede sacar dinero de él si no lleva su tarjeta en el bolsillo y tiene saldo en su cuenta, por muy necesitado que esté, por el contrario, si el cajero es humano y tiene los billetes en el cajón, seguro que hará una excepción, sobre todo si es un amigo y le debe favores.
Por eso tengo la esperanza de que algún día y de alguna forma, la Inteligencia Artificial (IA) con sus robots, programas y aplicaciones venga en ayuda del sistema democrático, ya que el formato actual, que prácticamente está igual que en los tiempos de los griegos y romanos, está agotado.