Opinión

El milagro de cada día

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El milagro de cada día

Cuando un militar habla de fusilamientos, supongo que al amanecer, como está mandado, aunque esté jubilado, porque un viejo con buena pensión, sin mucho que hacer y con añoranzas de autoridad competente; a sus órdenes mi general. ¿Manda alguna cosa más? Puede usted retirarse, es muy posible que se vea afectado por una dosis letal de aburrimiento y resulte peligroso, incluso pernicioso, sobre todo para sus camaradas, porque la imbecilidad, esa triste enfermedad que afecta en exclusiva a la raza humana, (las demás especies no se aburren) aunque suele irse curando con la edad, poco a poco, pelma a pelma, soledad a soledad, fracaso a fracaso, muerte a muerte, en algunos casos recalcitrantes, no tiene otra solución que esperar a que llegue el mensaje con su último suspiro. Como ellos acostumbraban a proclamar, erre que erre; me da igual que se trate de la Pasionaria, como de El Campesino, Franco, Carrillo, Lenin, Hitler o su tía; si volvieran a nacer, repetirían las mismas hazañas, “hotornarem a fer”, sí señor, lo que no te deja otra opción que refugiarte en tu poder de resignación cristiana o de la otra sí, porque hay muchas formas de resignarse, y si acaso, ponerte a llorar amargamente porque ves que esto no tiene arreglo, con el único consuelo de que, a pesar de que todos ellos tengan numerosos y entusiastas seguidores- resucitadores, afortunadamente, no vuelven a nacer. Descansen en paz pues, aunque los muevan.

Cuando un cura utiliza el confesionario como fuente de información para saber a quién puede meter mano, aprovechándose de que la inmensa mayoría de los que se dedican a su misma profesión consagran su vida y muchos la pierden, buscando ayudas y consuelo para tanto desvalido, en nuestra tierra y en muchos casos perdidos en países lejanos de voluntarios o misioneros, creyentes o agnósticos, pero siempre solidarios, tratando de lograr un mundo mejor. No quiero citar nombres porque serían muchos y tampoco hace falta, están en la mente de todos, vemos que este mundo se rige por unas reglas que no tienen nada que ver con la idea de justicia que nos habíamos atribuido.  Cuando un borracho, drogadicto, o las dos cosas, se empeña en seguir conduciendo su coche, autobús o camión por las carreteras, poniendo en peligro su vida y la de los demás. Cuando un depravado y maníaco sexual que tiene la triste afición o enfermedad de ponerse cachondo contemplando videos con violaciones de niños y se refugia en una asociación benéfica, orden religiosa, club o partido político. Cuando el fanatismo de unos y de otros le impide censurar una conducta nociva de un miembro/a de su equipo, secta o partido porque es uno o una de los suyos. Cuando se crean empresas pensando en las subvenciones que les van a otorgar sus amigos procedentes de los presupuestos del Estado. Cuando el futuro de las nuevas generaciones dependa más de sus relaciones con los políticos de turno que le puedan proporcionar el acceso a una puerta giratoria, que de los esfuerzos que haga en su formación y preparación. Cuando ves que a tu alrededor se respira un ambiente de injusticia, desigualdad, miseria y estupidez compartiendo el mismo espacio y el mismo tiempo, cuando, cuando, cuando. No es que resulte difícil conseguir una convivencia pacífica entre nosotros, es que nos da la sensación de que estamos ante un verdadero milagro que se produce todos los días por la mañana temprano al comprobar que todavía las cosas van, mal que bien, funcionando.

Es cierto que existe ese milagro de todos los días, pero no es un milagro de autor divino, es un milagro de autores anónimos que forman parte de esa gran masa silenciosa que no aparece en los medios ni se lee el BOE cada mañana, ese trabajador o trabajadora de sueldo base que empieza a pagar impuestos en la gasolinera, en el supermercado o en su nómina por pequeña que sea; una de cuatro horas de sueldo mínimo, es de 568,94 euros y paga de impuestos 51,59 cada mes. Multipliquen, calculen las proporciones y comprueben que estos millones de gente anónima, trabajadora y callada es la que sostiene el tinglado. Este es el milagro de cada día.

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