Opinión

Alea jacta est

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Alea jacta est

A modo de “La suerte está echada”, conocida frase de Plutarco, que implica el riesgo asumido, derivada de la imposibilidad de volver al punto de retorno, hoy nos vemos abocados a unas nuevas elecciones, que contabilizan cuatro en cuatro años. Ya empatamos, si es que no superamos a Italia en inestabilidad. Cómo que no sirve para nada que ganen las elecciones los “progresistas”. Hoy la frase está de tal y tanta actualidad, que identifica el paso irreversible que nuestros líderes políticos han dado, obviando los efectos secundarios que ello puede causar a sus formaciones y, sobre todo, al el conjunto de los españoles. Mi amigo Neme espetó: “¡Es política, estúpido!”. Política sí que es, pero también es política actuar con sentido de lealtad y responsabilidad institucional, mirando menos para sí mismos y más por el interés general.

¡Al hecho pecho!, toca de nuevo pasar por las urnas. Y ya convertida España en uno de los países más inestables del mundo, con toda la perniciosidad que ello conlleva, la pregunta no se hace esperar: ¿Quién tiene que cambiar ahora el sentido del voto respecto al emitido el 28A, a sabiendas que se presentan los mismos líderes? Pues no hay duda que, para no volver a provocar otra situación de postureo y bloqueo, es el ciudadano español el que debe mudar de intención, cogiendo unas papeletas -Congreso y Senado- diferentes a las depositadas en urna en abril. Porque, a mayor inri, ya hay quien airea por lo bajines, que los equivocados fueron los españoles votando lo que votaron aquel 28A, y eximen al ganador de las elecciones que, tras la encomienda de investidura, tanto su socio preferente como las restantes formaciones, una por acción y las demás por omisión, lo dejaron tirado más de cuatro meses. ¡Ya hay que ser torticeros!

Dicho lo cual, al presentarse los mismos candidatos, nos veamos obligados a cambiar de voto, so pena de volver al punto de retorno y repetir situación. Pero no es justo ni objetivo culpabilizar, a todos por igual, de la irresponsable incapacidad de investidura con el consiguiente bloqueo. Y ya que los mentideros políticos hablan que, desde el 28A, se escenificó una farsa, para tal cometido se necesita farsante o farsantes. Ahondemos, entonces, en el encomendado y encargado de buscar apoyos, el actual presidente en funciones, que estuvo más atento al resultado favorable de las encuestas, que interés le puso a encontrar socios. Tras “un pasen días y caigan panes”, indilga, antes como ahora, la culpa a todos los demás tituló. Tacticismo electoral. 

Tal como titula en portada La Región: “La repetición electoral congela inversiones, pensiones y sueldos; mientras la sociedad asiste incrédula ante un desenlace que aplaza aún más las infraestructuras en la provincia, bloque financiación, resta poder adquisitivo a pensionistas y funcionarios…”. Pues… no es cosa, ¡no! de ver la paja en ojo ajeno; es preguntarse, señor presidente en funciones, quién fue el ganador de las elecciones, y el postulado y encomendado para la investidura por el jefe del Estado. La respuesta, fruto de la cosecha de la casa: “Los progresistas resolvemos la situación con diálogo y talante”; con el agravante de acusar al último expresidente, Rajoy, de ser el único culpable de no conseguir apoyos para la investidura. ¡Ya se comprobó! Del mismo modo que ya sabemos la dimensión de la doctrina que los “progresistas” bautizaron como la nueva política: ponerse de acuerdo pasa por acordar los sillones. Son los mismos que proclamaron que el bipartidismo había finiquitado y la solución pasaba diálogo, talante y negociación. ¡Ya…!

Una moción de censura irresponsable, por parte del mismo personaje que nos trajo a esta situación de absoluto bloqueo, hoy nos ha puesto en un estado de “suerte echada”, que preocupa a tirios y troyanos. El mismo político que vuelve a presentarse como salvador de no sabemos qué, que ya no lo haya intentado. Por ello el 10N los grandes protagonistas serán los votantes, los españoles, que deben tener la lección aprendida, y son sabedores de que los sectarismos jamás resultaron propicios y, por una vez, tienen ante las dos urnas la ocasión de no permitir que se repita el dicho “En la repetición estamos”. Que existe un límite, más allá del cual, la tolerancia deja de ser virtud, como nos aleccionó E. Burke.