Opinión

Podemismo callejero

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Podemismo callejero

Al gobernar hay que aprender a pasar de la ética de los principios propios a la ética de las responsabilidades. Dicho esto, resulta increíble que, cuando estamos siendo víctimas de una situación pandémica con perniciosas consecuencias sanitarias en cuanto a morbilidad y mortalidad de las más altas de Europa y, además, la sección de Economía de La Región nos avisa de que la pandemia dispara la deuda al récord de 1,3 billones en 2020 y el mismo Banco de España asegura que alcanzó el 117% del PIB –la cifra más alta de toda la serie histórica, que tendremos que pagar todos más pronto que tarde-, una parte del Gobierno de España justifica, anima y jalea los disturbios y barricadas callejeras. Y van seis noches seguidas de vandalismo callejero, cuando esto escribo. ¡Es que un rapero está en la cárcel!, el motivo.

Estoy en plena ducha, la radio encendida como es habitual y el entrevistado en un programa de audiencia nacional espeta, en respuesta a la pregunta sobre su parecer a la violencia callejera: “Un rapero está en la cárcel…” Y yo, para mis adentros, pienso: como si fuese un médico o un carpintero, pongamos por caso. Ya que el motivo de la privación de la libertad no es ser rapero, es que el rapero está juzgado y sentenciado porque en su debe tiene acusaciones de enaltecimiento del terrorismo, amenazas, jalear tiros en la nuca, agresión, desobediencia, resistencia, allanamiento de local… ¡Un angelito, el rapero!, vamos. Acusaciones y delitos que, si fuesen atribuidos al médico o al carpintero, les penalizarían como al rapero, pero dudo de algaradas destructivas como las que se están llevando a cabo, para sonrojo de la mayoría. A ver si se da cuenta la chusma, alentada por los podemitas, de que ser rapero y rapear no es delito.

Triste, por inentendible, que en el peor momento sanitario, económico y social de España, las partes del Gobierno bipartito se enfrasquen en hacerse oposición uno al otro y obvien una acción de gobierno homogénea, más deseable y necesaria que nunca. ¿Cómo puede el Gobierno, y con qué credibilidad, solicitar arrimar el hombro a la oposición si el arrime no existe en quien tiene que dar muestras inequívocas de unidad, ante los difíciles momentos sanitarios, económicos y sociales de España? Mientras Podemos justifica y avala las algaradas, el PSOE las condena, pero tampoco se crean ustedes que con mucha contundencia para no molestar. Al igual ocurre que cuando Podemos expresa que España no es una democracia plena y los socialistas dicen que sí lo es, etc., etc. Y mientras tanto, con tanta dosis de disenso, este país es de lo más parecido a lo de la metáfora: vamos arando dijo la mosca, mientras estaba en el cuerno del buey, para jactarse de realizar el trabajo que hacen otros; la mosca es al buey lo que Podemos es a los agitadores callejeros. Lo importante para Podemos es ruido y crear tensión, su política… callejera.

La finalidad de la política, en cualquier gobierno que se precie como tal, es conocida: hacer posible lo necesario y garantizar la seguridad y los intereses de los ciudadanos, a través de los mecanismos legales existentes. Lo que ilegitima es alentar a la jauría para conseguir los objetivos por la fuerza en la calle. O eres gobierno u oposición; no las dos a la vez, que no existe la capacidad de estar en la procesión y en el campanario al mismo tiempo. Esto no es posible. Cuando los españoles no salen a la calle pese la incorporación de cientos de miles de personas al paro, colas cada vez más largas en los comedores sociales, decenas de miles de muertos –sin saber ni siquiera la cifra-, por un rapero delincuente montan la de San Quintín. El podemismo callejero se sustenta en crear más problemas que los ya existentes, a sabiendas de que no hay nada más incontrolado que la chusma inepta.