Opinión

El no hogar de Adela

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El no hogar de Adela

Hoy es jueves. Lo sé porque el día está marcado con un círculo rojo en el calendario de mesa que alguien me regaló con el deseo de un 2020 lleno de aventuras. A la vista del resultado, lo hizo con demasiado poderío. Busco el cielo que presume de azul y me río: disfrutarlo sin marcos es una de esas grandes aventuras añoradas. Y mientras rescato del olvido las sensaciones de la rutina cotidiana, tan odiada hace unos meses y tan perseguida ahora, pienso en ella sin saber por qué. ¿Será que el cerebro también se ha sumergido en una tarea de limpieza para  rescatar, entre los olvidos de naufragios, historias incompletas? No hay que olvidar que puede ser un imbatible estafador de recuerdos. Por lo que fuera, pensé en Adela. Me asomé aún con la certeza de que no estaba allí y fui capaz de dibujar su figura sobre el frío suelo, comiendo un bocadillo de sardinas que hoy puedo oler.

Adela no es exactamente una vecina pero forma parte del patio, eso es algo que descubro en este día. Todos nos acostumbramos a su presencia silenciosa y tanto lo hicimos que la volvimos transparente. Empujados por las prisas, los pensamientos diarios, las preocupaciones rutinarias o las alegrías cotidianas, pasamos al lado de esa mujer sin que nos importara cómo había podido llegar hasta allí. ¿Qué hacía en nuestro patio? ¿Lo eligió o fue cuestión del azar? Adela vestía, creo, una chaqueta marrón que, por lo grande, podría ser también un abrigo. No hablaba o tal vez no conocía el idioma. Miraba hacia ningún sitio desde aquel rincón de patio que transformaba por unas horas en su habitación propia. Llegaba siempre cargada con una inmensa bolsa de color indeterminado, cerrada con un gran lazo azul. Allí atesoraba las respuestas que deseaba poder regalar. Lástima que nadie se interesara por plantear las preguntas. Un encadenamiento endiablado de vulnerabilidad, abandonos y enfermedad la arrojaron fuera de hogares que quiso construir. Un recorrido espinoso por autopistas y carreteras secundarias la lanzaron a este patio, donde, tristemente, no encontró ningún pilar en el que apoyar la dolida espalda. La prisa nos atravesaba, seguramente también la repugnancia, aunque nunca lo reconoceremos. ¿Dónde estará ahora Adela? ¿Habrá encontrado un territorio más humano o habrá sucumbido en este caos? ¿Cómo es un #quédateencasa sin casa alguna? ¿Cómo nos protegemos cuando no existimos? Ojalá me vuelva a encontrar con Adela, aunque no sé si habré aprendido a verla a través de sus ojos, que supongo azul. ¿Cuánto nos transformará esta pandemia? Temo que no lo suficiente como para que el mundo deje de fabricar Adelas que se volverán transparentes en nuestro patios. Y nosotras volveremos a correr, sin tiempo para encontrar las respuestas protegidas con mimo en bolsas cerradas con un gran lazo azul.