Opinión

Espabile señor Casado

Opinión

Espabile señor Casado

Por si nos quedaba alguna duda ya sabemos que Pablo Casado no es el líder de la oposición, aunque pretenda aparentarlo desde hace tiempo con trajes, corbatas y engoladas declaraciones aparentemente adultas. 

El presidente del PP es en realidad un niño pequeño al que le quedaría mucho mejor que esos trajes que suele llevar sin mucho gusto, un mandilón de rayitas azules y blancas como los que nos ponían a los de mi generación en parvulitos para que no nos mancháramos la ropa de calle con las ceras de colores o los lápices Alpino. 

O sea el típico o atípico niño insufrible y protestón al que le dan rabietas y pataletas constantemente y se niega a jugar el partido salvo que él sea el capitán del equipo. Algo en lo que los demás jugadores, el entrenador, y hasta el público asistente al estadio, o sea nosotros, no está de acuerdo y así se lo hemos dicho claramente en las urnas.

Y digo que es un niño de ese tipo (todos conocimos alguno así cuando éramos críos) porque como ese niño caprichoso no ve lo que va a pasar al final: y es que no va a jugar. No va a jugar. Ni en la delantera, ni en la defensa, ni en la media, ni de portero. Y acabará enfadando tanto a doña Carmen la maestra y al resto de la clase que se verá de rodillas, de cara a la pared con los brazos en cruz y un diccionario en cada mano hasta que lo vengan a buscar sus papás al final del día. O mejor que con dos pesados diccionarios, con unos cuantos ejemplares de la Constitución Española en cada mano. 

Yo le recomendaría amistosamente, y lo digo en serio sin ninguna acritud porque creo que necesitamos que el principal partido de la oposición esté a la altura de las circunstancias, le recomendaría digo que vaya rezando ya para que además no le pongan un capirote, porque el niño no parece darse cuenta pero lleva ese camino.

Recuerdo un comentario de texto que me pusieron una vez en clase de Lengua en el bachillerato en los Maristas de Ourense a mis doce años, sobre un cuento que no sé de quién es en el que a dos niños hermanos gemelos les regalaban un tren eléctrico a cada uno. Los trenes eran idénticos salvo que uno era rojo y el otro azul. Entonces el papá le preguntaba a uno de los gemelos: "¿Tú qué tren quieres, Jaimito, el rojo o el azul?" Y el niño respondía con contundencia: "Yo el que quiera mi hermano".

A mí este muchacho, Pablo Casado, cada día que pasa me recuerda más a ese niño, y su actitud solo me produce ya ternura y piedad. Y ninguna otra cosa. Incomprensión sí, eso también, porque la verdad es que no es un niño, sino un adulto.

Con rabietas y pataletas señor Casado no vamos a ninguna parte. Espabile.