Opinión

Miedo a prohibir

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Miedo a prohibir

La Navidad es sagrada, no en el sentido religioso, si no en el festivo, familiar, lúdico, gastronómico y consumista. Por eso, por lo arraigada de la tradición, nadie se atreve a prohibirla. Así, el Gobierno y las comunidades autónomas, hacen juegos malabares y emplean eufemismos como el de "allegados" para recortar las entrañables y a veces multitudinarias celebraciones.

Con ello, con el miedo al desgaste electoral, solo contribuyen a crear incertidumbre y a que, amparados en las diferentes normativas de una provincia a otra, cada cual haga de su capa un sayo. El intento de frenar la movilidad, de momento, solo va a estar vigente en Valencia, donde su presidente, Ximo Puig, ha decretado el cierre perimetral. De nada sirve que el ministro Illa, con un tono lastimero, advierta del riesgo de una tercera ola y apele a la responsabilidad social, cuando las normas son tan variopintas como el color de los diferentes partidos que gobiernan el Estado autonómico.

El último pleno del año en el Congreso de los Diputados fue otra vez el escenario del vodevil de descalificaciones entre las bancadas de izquierda a derecha y viceversa, sin que se pusiera sobre la mesa ninguna aportación positiva para afrontar el rebrote de contagios. Curiosamente, mientras Sánchez narraba desde el estrado la, a su juicio, tremenda eficacia de la aplicación del estado de alarma, el líder del PP, Pablo Casado, le acusaba de no asumir su responsabilidad y dejar en manos de las comunidades autónomas las medidas de control de la pandemia.

O sea: justo lo contrario de lo que defendía en primavera, cuando acusó al Ejecutivo de totalitarismo al usurpar las funciones que, en materia de Sanidad, tienen transferidas las CCAA. El PP se queja ahora, y con razón, de que se van a celebrar diecisiete navidades distintas. ¿Pero, no era lo que reclamaba? O es que se han dado cuenta del coste que prohibir supone ante la opinión pública.

Lo que parece evidente para médicos, científicos y epidemiólogos es que, por poner un ejemplo, los rebrotes de Madrid se deben a las "alegrías" de los dos últimos puentes. El cierre perimetral, del que escaparon el jueves anterior miles de vehículos, sacó a los madrileños de sus casas para contemplar la iluminación navideña y comprar como si no hubiera mañana. Incluso la policía tuvo que desalojar en algunos momentos las calles comerciales del centro donde no cabía un alma más.

También los alemanes se confiaron en sus impecables datos de contagio y ahora van a pasar las fiestas confinados en sus domicilios. Falta menos de una semana para Navidad y los ingresos y muertes van a crecer; por lo que no debemos descartar mayores restricciones. Puede que incluso las campanadas de las uvas las celebremos cada uno en su balcón, aplaudiendo la llegada de un año nuevo que borre este maldito 2020.

Más vale pasar en soledad estos días y poder celebrar las Navidades del año que viene.