Opinión

Alcaldes de otra pasta

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Alcaldes de otra pasta

Un año antes de las recientes elecciones municipales y todavía sin señales que permitiesen presagiar que la sentencia del caso Gürtel acabaría tumbando a Mariano Rajoy y multiplicando el tirón electoral de Pedro Sánchez, un componente del equipo de Xulio Ferreiro, alcalde de A Coruña, se quejaba a un grupo de colegas de que su predecesor en el puesto durante la etapa del popular Carlos Negreira en María Pita cobraba casi el doble por hacer menos faena y asumir una responsabilidad más llevadera. 

El sopapo en las urnas de los llamados gobiernos del cambio (A Coruña, Santiago y Ferrol) tampoco se contemplaba en esos momentos en el guión, pero uno de los asistentes al lamento advirtió de que a la hora de votar el personal no tendría en cuenta la norma autoimpuesta de que su soldada no superase tres salarios mínimos, siguiendo la fórmula decretada por Pablo Iglesias para los cargos públicos de Podemos. Fue una manera delicada de reprocharle que pecaban de pardillos. 

Y tenía razón. La peña fue a votar sin tener en cuenta que Xulio Ferreiro, con 40.000 euros de salario al año, salía  casi 30.000 euros más barato que Abel Caballero en Vigo. Ferreiro palmó las elecciones y las urnas convirtieron a Caballero en más absoluto. En A Coruña, Inés Rey, una militante sin imán mediático hasta que se convirtió en candidata al imponerse en las primarias, se quedó a 400 votos del PP, la fuerza  más votada, pero consiguió devolver al PSOE a la Alcaldía. Y nada más llegar a María Pita ha equiparado su salario al del regidor vigués, por lo que percibirá 69.000 euros brutos al año. Para Inés Rey, como a unos cuantos regidores de Galicia, han jarreado palos por un incremento salarial dentro de los límites que marca la ley. El gasto en las corporaciones municipales con más población también se han disparado porque los pactos han engordado las dedicaciones exclusivas.

Las críticas por los salarios son tramposas. Los alcaldes salen caros o baratos según su gestión al frente de la corporación y no por el sueldo que perciben. Dentro de cuatro años tocará evaluar la gestión de los equipos que acaban de llegar y de los que repiten en la plaza. Cuando se exige voto de pobreza parece que se prefiere hambre en vez de riqueza. Para todos. 

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