Opinión

El último paso

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El último paso

Paco entró en el abrevadero con el ánimo desencajado. "Me siento como si acabase de condenar a mi madre a desnucarse por las escaleras o en el baño", soltó al ser interpelado por los razones de su zozobra. "Pero si vosotros la tenéis en una residencia, no como esos abuelos que viven solos y los encuentran muertos tras meses sin saber de ellos por el olor o porque se acumulan los recibos en el buzón", intentó animarlo un colega antes de conocer los detalles de lo que le había sucedido.

La madre de Paco padece Parkison en un estado muy avanzado, por la mañana se le atasca la cabeza, por la tarde no le obedecen los pies y el desafío a la conciencia y a la gravedad de cada noche suele acabar en el suelo. Una de las auxiliares que colma de atenciones a la anciana sugirió la posibilidad de probar con las correas una temporada para evitar los tortazos nocturnos. Los hermanos se negaron a atar a la madre tras ponderar las consecuencias para evitarle la sensación de crueldad en algún momento de repentina lucidez. 

Ayer, nada más amanecer, Paco se despertó con la llamada de la residencia contándole que la madre apenas se podía mover con el andador por lo que recomendaban que se siriviese en todo momento de la silla de ruedas. El cambio del andador a la silla supone el confinamiento en la gran estancia en la que atienden a las personas que no se tienen en pie y a la que los hermanos llaman "la sala del miedo". Paco aceptó la propuesta sin darle muchas vueltas, pero horas después hizo un hueco para regalarle una visita. Se encontró a la madre sollozando como una niño sin recreo porque la silla limita su ya escasa independencia. Ordenó levantar el arresto y asumir las consecuencias de una caída segura. "Me despidió apoyándose en el andador y en la pared, pero con la felicidad iluminándole la cara por su pequeña victoria. Espero no sentirme culpable por la decisión, aunque mis hermanos están de acuerdo". 

Como explicó a modo de consuelo el colega de Paco, en una semana en Galicia han aparecido los cadávares de cuatro personas que vivían solas. Hay 278.600 gallegos acompañados por la soledad, según la última Encuesta Continua de Hogares correspondiente a 2018 del Instituto Nacional de Estadística. Con testigos o sin ellos, es el último paso.