Opinión

La primicia

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La primicia

Venía por la coruñesa calle Real sorteando gente a todo lo que daba el triciclo eléctrico. La imagen de la yincana hizo recordar que también cuando podía caminar compensaba los límites de la cojera con una conducción alegre, aunque algunos colegas del abrevadero consideraban que cuando se montaba en un coche se transformaba en un temerario. Se detuvo imitando un sonoro derrape con la boca mientras enseñaba una sonrisa de pillo en un rostro de palidez transparente. El tono enfermizo nunca lo abandonó desde que hace unos años se sometió con éxito a un trasplante de hígado. Cervecero como si con cada birra sumase acciones de Estrella Galicia, nunca más volvió a probar el alcohol desde la operación porque sería faltar al respeto al donante del órgano. 

Estuvo más chungo de lo que una persona con un umbral de sufrimiento bajo puede soportar, pero siempre le puso buena cara a cada revés que se le presentó desde que un atropello casi lo manda al cajón. "Estás de coña", respondió al comentario de cortesía sobre su aspecto mientras señalaba la pernera del pantalón que tendría que estar ocupada por la pierna derecha. "Me estaba envenenando poco a poco y han decidido cortar por lo sano", añadió con una naturalidad sincera. "Pero no te vayas a pensar que no vuelvo a caminar. La próxima semana pruebo la prótesis y comienzo con la rehabilitación. Hay que tirar, amigo, siempre hay que tirar". Se piró a la misma velocidad con la que había llegado, zizagueando entre el personal que se reprimía de mandarlo al cuerno al ver el trapo de tela colgando sin saber que Jorge no acepta la condescendencia lastimera. 

"Tiene tantas ganas de vivir que no se va a morir nunca", comentó segundos después otro colega que se acaba de cruzar con él. La lección de vitalidad venía con noticias que encogen el corazón de los periodistas de Galicia. Javi, un informador de casta y un tipo sin un gramo de maldad, pelea contra un cáncer de próstata. Él mismo se ocupó de comunicar a los amigos su estado de salud y de ánimo para que nadie le pisase la primicia. Y Alberto, otro compañero que transmite sosiego desde el micrófono, también disputa su partido contra el cáncer. Nunca se cansen de dar las gracias y de decir te quiero, aunque los tilden de almibarados.