De Botero a Dumbo: un recorrido por los contrastes de Bogotá
Termatalia Colombia 2025
"El Bien Estar de las aguas"
Día 5
Quinta historia de mi cuaderno de viaje
Bogotá, la capital de Colombia, es la última parada del viaje de la expedición Termatalia 2025. Esta ciudad, oficialmente, tiene cerca de ocho millones de habitantes censados. Pero nuestro guía-anfitrión, William Morales, nos advierte que la cifra oficial esconde una realidad más compleja: la periferia y la llegada masiva de migrantes venezolanos elevan el censo a diez millones de almas.
A esa hora el tráfico es fluido contrariamente al atasco de hora y media del viernes noche para poder desembarcar en el hotel desde que entramos en la capital. Pese a que el concierto del rapero estadounidense Kendrick Lamar se suspendió, eso no evitó las aglomeraciones en el Coliseo Medplus, un recinto multiusos muy cerca del Aeropuerto Internacional El Dorado.
La metrópolis está situada en una gran sabana, en el centro del país, a 2.600 metros de altura. El área total del distrito alcanza los 1.7776 kilómetros cuadrados, de los que 478 corresponden a la zona urbana.
Como en toda gran ciudad, William nos aconseja patear pero “sin dar papaya”, una expresión autóctona que significa “no dar la oportunidad a alguien para que se aproveche de uno ya sea por descuido, ingenuidad o una exposición innecesaria”.
Partimos de la zona más próspera, con lujosos hoteles, centros comerciales y oficinas, para llegar al centro más histórico y colonial, La Candelaria.
La primera estampa ya es un choque de realidades. A las diez de la mañana, en la “zona de tolerancia, las calles donde se permite el ejercicio de la prostitución”, ya hay animación: mujeres con los senos tapados por una cruz con cinta adhesiva conversan en las aceras con potenciales clientes.
En este recorrido, hay parada obligatoria en La Candelaria. Primero, en el Museo Nacional del Oro, en el corazón del distrito histórico y financiero. National Geographic lo catalogó como "uno de los mejores museos de historia del mundo".
En este recorrido, hay parada obligatoria en La Candelaria. Primero, en el Museo Nacional del Oro, en el corazón del distrito histórico y financiero. National Geographic lo catalogó como "uno de los mejores museos de historia del mundo".
Alberga la colección de orfebrería prehispánica más grande del planeta: 55.000 piezas de oro, cerámica, textiles, y otros materiales que pertenecieron a diversas culturas indígenas que habitaron el territorio de la actual Colombia antes de la llegada de los españoles, como los Muiscas, Quimbayas, Calimas, Taironas y Zenúes, entre otras. Es famoso por exhibir la "Balsa Muisca", una de las piezas más emblemáticas que se cree que representa la ceremonia de El Dorado, donde un cacique se cubría de oro y hacía ofrendas en una laguna sagrada.
Caminamos pocos pasos y entramos en el Museo Botero, una donación que el artista más reconocido a nivel mundial Fernando Botero (Medellín, 1932-Mónaco, 2023) hizo a su país. Me atrapan sus figuras voluminosas y la mordaz crítica social de sus lienzos, como "El ladrón" o "Masacre de Mejor Esquina".
Ya en el corazón del barrio de La Candelaria, piso la Plaza de Bolívar, el corazón del poder político y gubernamental de Colombia, donde también se encuentran la Catedral Primada, el Capitolio Nacional y la Alcaldía Mayor.
Como periodista de tribunales, no puedo evitar detenerme en el Palacio de Justicia y uno de los episodios más oscuros y dolorosos de la historia reciente de Colombia. En sus muros aún resuenan con la tragedia de 1985, el asalto protagonizado por el grupo guerrillero M-19 que dejó un saldo de cien muertos,incluyendo guerrilleros, civiles, funcionarios del poder judicial y miembros de la fuerza pública, además de varios desaparecidos.
Pero La Candelaria también respira vida.
Sus calles bulliciosas son un lienzo vivo de arte urbano y graffiti, y el ambiente bohemio de los estudiantes universitario se siente en cada bar.
En La Candelaria hay rincones como éste en el que hago un descanso.
Se trata de la casa de Doña Andrea, lugar donde fue apresada Policarpa Salavarrieta, una heroína de la independencia colombiana.
Un mes más tarde de su apresamiento fue fusilada en 1817 por su amor a la patria.
Me voy de Bogotá con una impresión profunda. Descubro un país que sabe aprovechar sus aguas termales, una riqueza que bulle bajo la tierra de unos ancestros que veneran.
Su gente es pura amabilidad; la hospitalidad de Boyacá, en particular, debería ser asignatura obligatoria en los grados de Turismo.
Y regreso con un kilo de más, cortesía de los completos desayunos, que incluyen un humeante caldo, la rica bandeja paisa, las hallacas, arepas con queso, el tamal y los ajiacos, siempre acompañados de zumos (jugos) de colores infinitos.
La bandeja paisa me permitió despedirme gastronómicamente del país.
Justo antes de abordar el avión, tras pasar la pasarela de embarque (finger), un control de narcóticos frena a los 353 pasajeros del Iberia 0154. Todos contra la pared para ser cacheados. El perro Dumbo, un labrador con olfato de detective, revisa equipaje de mano y bolsos, pero no encuentra nada. El "vuelo caliente" no tenía cocaína, esa droga que en Colombia cuesta unos 10.000 pesos (dos euros) por gramo, tal como me revela Óscar Almeida, mi joven compañero de asiento, y que en España alcanza los 60 euros.
El viaje también ha servido para conocer mejor la actualidad de Colombia.
Así, Colombia se despide: un país de contrastes, de historia y de un calor humano que se queda grabado en la memoria.