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Deambulando
Paso de uno a otro con los sentidos siempre abiertos. Groucho impacta por su irreverencia, la prontitud de sus respuestas de lo absurdo en ese a modo de comediar tan difícil; de Borges esperas mucho más en Historia Universal de la Infamia cuando crees que van a salir los más bárbaros; de Gabo, en lugar de Cien años de Soledad o Crónica de una muerte anunciada o de un Secuestro, te adentras en Vivir para Contarla, que lo compendia todo.
Groucho Marx, al que aprendí a apreciar más desde que ese colega y amigo que fue Tonecho G. Suárez me iba soltando en cada montañera excursión las famosas frases marxistas como “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros” o del “Nunca me haré miembro de un club que admita a socios como yo”; después también por mi cuñado J. Domingo Romero, que también era un apasionado marxista, me aficioné todavía más al personaje. Groucho era ese hermano intermedio que en la familia no sale de esa cualidad, porque más se atiende a los primeros y a los últimos hijos, que si no iba para médico, su aspiración, por su aplicación a la lectura podría alcanzar “las más altas cotas de la miseria partiendo de la nada”, otra de sus absurdas frases, incumplidas en su caso porque Groucho lograría con sus hermanos Zeppo, Chico y Harpo una fama que comenzaba en los escenarios con esta peculiar y trashumante troupe, pasando por Brodway y rematando en el mismísimo Hollywood donde filmarían películas indelebles ya enmarcadas en el frontispicio de la historia. Groucho escribió libros, publicó en la prensa, aunque espaciadamente, porque decía que no podía perder el tiempo escribiendo artículos cuando más se reía en las gradas del escenario donde improvisaba; con su irreverencia por bandera cultivaría la amistad de los más relevantes hombres de letras de su país de adopción, porque sus padres, judíos alemanes emigrados a los Estados Unidos.
Y paso a Jorge Luis Borges, que si no recibió un Nobel fue por esas frivolidades que aun la seriedad depara, cuando vemos a alguno que por menos recibió el galardón. Yo esperaba de su “Historia Universal de la Infamia” que iban a aparecer los más infames contemporáneos: Hitler, Stalin. Y tantos otros… pero no, son unos infames de tan desconocidos algunos, que parece como si no lo fuesen, que sí lo fueron en esta historia tanto Bill Harrigan ( Billy The Kid o Billy el Niño) como Lazarus Morell. De Billy el Niño recordando su adolescencia en New York cuando con su panda desvalijaban y despachaban a marineros borrachos perdidos en las callejas neoyorquinas o cuando sintiendo la llamada del Oeste aparece en Arizona y New Méjico y su primera “hazaña”, aparte de matar a veintiún individuos, y de mejicanos perdía el número, se distinguió, en su primer hecho de armas, cuando acodado a la barra de un bar, protegido por la clientela, descerrajó un tiro, entre la impunidad que daba la masa, a un fortachón fanfarrón que desafiaba al mundo. Luego, Pat Garret, amigo correrías convertido en sheriff acabaría con el mito descerrajándole un tiro en el vientre y de otros más que le tuvieron agonizante en la polvorienta calle de un pueblo del Fart West. El mito se disparó y el infame se convertiría en héroe por ese halo de inocencia que la niñez desprende, como estuvo a punto, por confusión, ese negrero blanco, nacido en un gueto, Lazarus Morell, que llegó a formar una tropa de mil juramentados, que mientras él predicaba en púlpitos, y ordenaba las muertes en garitos, se dedicaban a promover huidas de esclavos de plantaciones algodoneras, de azúcar o bananos; al huido se le revenderá y se le decía que así podría conseguir dinero para su manumisión o libertad, y en estas ventas y huidas cuando no servía, generalmente en la tercera transacción, la tropa de sicarios mulatos morellistas lo despachaban al sueño eterno y esto con millares de negros a los que pretendía liberar y constituirse en caudillo de un levantamiento antiesclavista, cuando una congestión acabó con la vida del infame predicador y asesino que iba a hacerse cargo de la sublevación que podría situarlo, pensaba él, como un Spartacus, o en el olimpo de la Historia o de los héroes, cuando realmente lo que querían los negros era ahorcarlo con toda justicia. Paradojas.
Gabo, Gabriel García Márquez, que no es que haga florituras con el idioma, que emplea con riqueza, es un alarde de imaginación o natural descripción de cada situación, que ya le hacen acreedor a cualesquiera lectores. En toda su bibliografía no pasa desapercibida su “Vivir para Contarla”, y a esto me refiero cuando se va de viaje de menos de cien kilómetros tórridos, por unos cuantos días entre barco y tren a su natal Aracataca con su madre para vender la casa familiar devaluada desde que la compañía United Fruit Company abandonó la explotación bananera. La llegada al lugar, el contacto con la casa familiar si no en ruinas, gracias a sus miserables arrendatarios a los que más debe que precio exigible por venta; así que, descorazonados, retornan por donde vinieron. La evocación de la infancia, adolescencia y un poco de juventud que Gabo ya estaba pasando en Cartagena de Indias no en estudios deseados por sus padres sino gastando el tiempo entre libros y creaciones literarias en periódicos y publicaciones diversas, cual bohemio incomprendido.
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