Santos, el niño riojano que cruzó el Atlántico para encontrarse con su hermano en Buenos Aires

Historias vivas y relatos de inmigrantes

La de mi padre es una de esas historias vivas, y en este relato quiero rendirle un homenaje a él: Santos.

En la imagen el enlace de de  Aité y Santos
En la imagen el enlace de de Aité y Santos | María Teresa Armas

Quiero situarme en el momento preciso de la inmigración de mi padre, Santos: 1920. Vino de Nieva de Cameros, provincia de Logroño, llamado por su hermano mayor Gabino, quien tenía una tienda en el barrio de Once.

Así fue que cruzó el Atlántico, embarcándose en Barcelona en el Principessa Mafalda, cuando solo contaba con 14 años. Después de una travesía de alrededor de 20 días, desembarcó en el Puerto de Buenos Aires.

Ese viaje lo compartió con un amigo de su pueblo, Pedro, y un primo de éste llamado Marcelino, al que no conocía hasta el momento de la partida, ya que no era de Nieva sino de Soria. Se sintió muy solo al partir, y los recuerdos de ese viaje contados por él eran tenebrosos. Viajaban en tercera clase, la comida era escasa, pasaron frío y muchas noches en vela. Con Pedro y Marcelino se hicieron compañeros inseparables, y ese contacto derivó en una profunda amistad que continuó hasta el día de su muerte.

¿Cuál fue el motivo de esta partida?

Puedo decir que es lo que le ocurrió a muchos españoles: en ese momento, España —como otros países de Europa— estaba devastada y sumida en la pobreza, y este continente americano ofrecía un futuro promisorio para quienes tomaran la decisión de cruzar el Atlántico.

Cuando decidí escribir este relato busqué la documentación que lo respaldara. Confieso que nunca la había conocido ni tenido contacto con ella. Mi padre guardaba esa carpeta muy celosamente, y nunca ni mis hermanos ni yo tuvimos acceso a la misma.

Mi padre murió en 1980 y mi madre en 1999, y fue entonces, al levantar la casa familiar, cuando tomé contacto con esa documentación. No la abrí entonces: siguió guardada como un recuerdo de esa inmigración lejana.

Fue a partir del Concurso que me puse en contacto con ella de forma directa. ¡Qué sorpresa! Los documentos encontrados eran un testimonio vivo del proceso migratorio.

El primer documento fue una nota de puño y letra del alcalde de Nieva de Cameros, Don Pedro Pérez de Torres, que certificaba que “Santos Armas, vecino de la localidad de Nieva de Cameros, no ha ejercido la mendicidad y ha observado en todo tiempo una conducta intachable”. Este documento está fechado el 30 de junio de 1920.

Asimismo, en un documento adjunto, el juez municipal Fernando Ocasalloma Murga certificaba que “tampoco ha estado bajo la acción de la Justicia por delitos contra el orden social”.

Finalmente, encontré un documento firmado por su padre, Santos Armas Mato, de 60 años, quien autoriza el viaje de su hijo de 14 años a la República Argentina, llamado por su hermano Gabino, establecido como comerciante”.

Este último fue el documento más conmovedor de todos los encontrados: un padre que firma la autorización de la partida de su hijo.

Es así que Santos, mi padre, nacido el 7 de diciembre de 1906, embarcó hacia estas tierras con solo 14 años.

Desde muy pequeña escuché de su boca esta historia de inmigración, pero al tomar contacto con la documentación —cosa que nunca había hecho antes— me invadió un sentimiento de profunda tristeza. No dejo de pensar en el adiós de la despedida: dejar a sus padres, su familia, su pueblo, sus amigos. Imagino todo lo que habrá extrañado: olores, colores, sonidos. Tuvo que comunicarse con el lenguaje de otro país y adaptarse a sus estereotipos culturales.

Por otra parte, siempre escuché de él que venía entusiasmado, pero la realidad que encontró no fue la esperada. Su hermano tenía un comercio de cierta importancia, pero él no tenía una vivienda apropiada: durmió durante dos años sobre uno de los mostradores de esa tienda.

Ni bien llegó, mi padre se asoció al Centro Riojano Español, donde jugaba a las cartas dos o tres veces por semana con sus amigos Pedro y Marcelino, y con otros paisanos de La Rioja. Esa amistad lo transportaba siempre a sus orígenes, a su añorada Nieva de Cameros.

En el Centro Riojano Español se celebraban cada año dos fiestas tradicionales: San Bernabé y San Mateo, y fue en una de esas fiestas donde conoció a mi madre.

Posteriormente, ya con su familia formada, participaba de las celebraciones tradicionales riojanas. Recuerdo especialmente la fiesta de los Reyes Magos, en la sede de la calle Independencia, donde los Magos repartían juguetes el 6 de enero.

Mi padre llegó en 1920 y solo pudo regresar a su tierra en dos oportunidades: en 1939, después de la guerra, y en 1974, acompañado por mi madre. Fue la última vez que estuvo en España, y precisamente en Nieva de Cameros.

Yo nací en 1942 y crecí en un ambiente típicamente español: las costumbres, la música, las comidas y los espectáculos siempre estaban impregnados de la cultura española.

Recuerdo los platos típicos de la región —patatas a la española, revuelto de setas— y, en las fiestas navideñas, los turrones, castañas y almendras que nunca faltaban.

Mi padre me inculcó desde pequeña el amor por la lectura y el estudio. Gracias a ello, sus tres hijos —entre los que me incluyo, como la mayor— fuimos los primeros profesionales de la familia.

La nieta de Santos, frente a su antigua casa
La nieta de Santos, frente a su antigua casa | La Región Internacional

Desde siempre quise conocer su tierra natal, pero recién pude hacerlo siendo ya adulta. En mi primer viaje al continente europeo llegué a Logroño con mi familia, y desde allí, acompañados por mi tía, la única hermana viva de mi padre, llegamos a Nieva de Cameros tras recorrer un camino escarpado y sinuoso.

Entramos al pueblo y fuimos a la casa donde había nacido mi padre. La recorrimos, y mi tía bajó conmigo a la cuadra y, mirándome fijamente, me dijo: “Ahí nació tu padre”. No tengo palabras para describir ese sentimiento profundo que llevo en mi memoria y me acompaña siempre.

Después recorrimos el pueblo y quisimos conocer la iglesia, pero estaba cerrada. Finalmente, en el año 2024, con mi hija y su esposo, regresé y pude entrar en la iglesia, otro recuerdo fuerte, ya que mi padre la mencionaba como el lugar de su primera comunión.

En ese viaje conocimos a una vecina del pueblo que había tratado a mi familia. Nos recomendó almorzar en un mesón de El Rasillo. Allí tuve otro recuerdo intenso de mi padre. Me contaba que, de niño, pastoreaba ovejas en ese lugar, corría por la montaña y se demoraba antes de volver a casa, descansando en alguna piedra junto a su amigo Pedro, compañero de tantas fechorías. Ese momento me marcó profundamente.

Pero hay algo aún más importante: el amor por mi padre y su tierra lo demostré siendo ya mayor. En el año 2019 realicé una estancia de Doctorado en la Universidad de Zaragoza para completar mi Doctorado en Ciencia de la Educación.

Me instalé en la Facultad de Educación, donde me sentí como una española más. Terminé la carrera y, en abril de 2023, regresé a España para llevar un ejemplar de mi tesis doctoral a la biblioteca de esa Facultad.

El segundo capítulo de mi tesis se titula: “La formación docente en España. Pasantía realizada en la Universidad de Zaragoza. Comparaciones posibles”.

Creo que esa devolución fue el mejor homenaje que pude ofrecerle a Santos. Allí, muy cerca de la Virgen del Pilar, tan querida y venerada por todos los españoles, lo recordé y le agradecí haberme inculcado el amor al estudio y la profunda admiración por España.

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