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El consultor: ¿un vendedor de biblias?

Todos aquellos que tuvimos la inquietud de emprender desde nuestra infancia y quisimos hacernos dueños y acreedores de nuestro futuro, no tuvimos el tiempo necesario para formarnos. A mí particularmente me hubiese gustado acabar siendo ingeniero superior de Telecomunicaciones y dedicarme a investigar en el campo de las radiocomunicaciones.

 

El consultor: ¿un vendedor de biblias?

Las radiocomunicaciones son una disciplina trascendente en el desarrollo tecnológico desde que Guglielmo Marconi o Nikola Tesla la pusieran sobre la mesa. Nadie duda hoy en día de que son imprescindibles para la intercomunicación de cualquier dispositivo hardware y en especial para el IoT, que no es más que el alimento del que se nutrirá en gran parte el Big Data. Tampoco duda nadie de que el tratamiento masivo de datos será la clave para poner a raya problemas humanos tan importantes como el cáncer, la degradación del ecosistema o las guerras. 

Los que no recibimos la formación suficiente tuvimos que echar mano de los recursos que teníamos a nuestro alcance y sobre todo que podíamos pagar. La formación tecnológica fue mucho más fácil, ya que mi pasión e interés por estos temas provocaban que los conocimientos entraran en mi cerebro prácticamente sin esfuerzo.


No hay universidades para el emprendimiento


Otro tema bien diferente es el de aprender a ser empresario, en esto no hay universidades ni escuelas técnicas, ni formación profesional que valga. El empresario nace, crece y se reproduce a pecho descubierto, con la empírica como fuente de sabiduría. Este ensayo-error se ha llevado por delante a más del 90% de los empresarios, siendo generoso en la estadística. 

Yo tuve la opción de aprender la formación de postgrado que nos ofrecían las Escuelas de Negocio: en los años 80 en Galicia solo había una, y por suerte era muy buena. Allí aprendimos a ordenar nuestros conocimientos, a utilizar métodos ordenados de trabajo, contrastar opiniones con expertos, a discernir entre “lo urgente y lo importante”, el peso que tiene la conservación del margen en la empresa para su subsistencia y sobre todo el significado de la palabra “competitividad”. Allí conocimos a Tom Peters, a Dale Carnegie, a Stephen Covey, a Walter Isaacson y a mi admirado Michael Porter, entre otros. 

Pero el problema es que luego había que aplicar los conocimientos y comenzar un proceso de profesionalización de tu empresa. Ahí justo es donde nacía la necesidad de que alguien con experiencia te ayudara a ampliar y aplicar los conocimientos que habías adquirido desde el punto de vista práctico. Ese era el consultor, una persona con dilatada experiencia que sabía perfectamente de lo que hablaba porque lo había vivido en primera persona. Había hecho un business plan para muchas otras empresas, incluso en algunos casos para las suyas propias. 

En definitiva, era acreedor del auctoritas, que le permitía opinar con conocimiento de causa, seguro de sí mismo a sabiendas que estaba contribuyendo al objetivo de hacer la empresa más rentable, más competitiva. 


El desprestigio de la figura del consultor 


Por desgracia hoy en día, el término “consultor” está absolutamente denostado, por los méritos de personas sin escrúpulos que únicamente con afán mercantilista de sí mismos se dedican a rescatar hojas y más hojas de Word, oleadas de diapositivas de PowerPoint y sábanas de cama kingsize de Excel para al final no llegar a ninguna conclusión legible y utilizable. Eso sí, te arrean 200 páginas que jamás nadie leerá y mucho menos utilizará, cuando lo que tú necesitas saber cabe en un solo folio. 

Rapsodas del management, teóricos de universidad, funambulistas de la opinión empresarial, autodidactas de la música del negocio. Todos ellos han contribuido a acabar con el prestigio de personas que tienen una experiencia que compartir, generalmente porque lo han vivido en sus propias carnes y que en los albores del final de su carrera, con la experiencia suficiente, quieren ayudar a empresarios y empresas a ser más profesionales y competitivos. 

Los consultores, en líneas generales y salvando las injusticias que se cometen cuando se generaliza, por desgracia cada día más se parecen a aquellos legendarios vendedores de biblias. Como siempre he dicho: “He ganado, he perdido, pero nada he olvidado”. Y es lo de “nada he olvidado” lo que probablemente sea más útil para otros empresarios.