ÁGORA ECONÓMICA

La estrategia de Alemania, solución y problema a la vez

Uno de los principales detractores de la política de superávits permanentes de Alemania es Estados Unidos

La estrategia de Alemania, solución y problema a la vez

Un euro fuerte, la corriente proteccionista y otros factores coyunturales como el alza del petróleo y la creciente tensión en Oriente Medio, amenazan el crecimiento de Europa en un momento en el que parecía que por fin las expectativas optimistas se imponían en el corto plazo, tras una salida rezagada de la crisis en la que se han perdido posiciones con respecto a China y Estados Unidos. A esta coyuntura se suma ahora la inestabilidad que puede crear el nuevo gobierno italiano y la falta de fiabilidad de Estados Unidos como socio económico. Es un momento crítico que como siempre pone el foco en Alemania para procurar un cambio de rumbo.


El eterno problema


Desde el inicio  de la crisis, la división de países europeos entre periféricos y centrales, deudores y acreedores, derrochadores y austeros… podría ser cierta en una proporción como esquema muy simple de partida, pero también es, sobre todo, una caricatura interesada, que la invalida como única referencia del análisis aunque haya resultado muy útil en primera instancia para justificar intereses nacionales de corto plazo frente a una visión global de largo plazo para el conjunto del continente que nunca existió. Las consecuencias llegan ahora en muchos frentes. Uno de ellos es la proliferación de corrientes euroescépticas de distinto signo y origen geográfico cuyo último episodio tiene lugar en Italia con la coalición ente La Liga y el movimiento Cinco Estrellas, entre cuyas propuestas figuran una renta básica, una tarifa plana de impuestos y un recorte de poderes a las instituciones europeas. Todo centrado en números pero sin contar las cifras, dejando al descubierto una visión de cierto resentimiento y una total desconfianza en los beneficios de la Unión Europea.    

Frente a estas fuerzas disgregadoras, el eje francoalemán parecía querer resurgir para crear una Europa de nuevo cuño y hacer frente a los nuevos desafíos mundiales con el empuje sobre todo del presidente francés Emmanuel Macron y el presidente de la Comisión Europea, el luxemburgués Jean Claude Junker, pero Alemania ha enfriado de nuevo las expectativas.    

El presidente francés trata de promover el cambio cuando menos con un discurso valiente y sin concesiones y acaba de poner  el acento en un tema crucial. Hace apenas una semana cargaba contra “la inacción y el fetichismo perpetuo y complaciente de los superávits fiscal y comercial de Alemania”. 

Alemania se ha visto favorecida tras la entrada en vigor de la moneda única por un euro “barato” en comparación con lo que ocurriría de continuar vigente el antiguo marco, al incorporar monedas tendentes a una mayor depreciación de países con una balanza comercial deficitaria. Esta circunstancia favorece el superávit comercial alemán dada la gran competitividad de su industria, pero a cambio no concede que en la otra cara de la moneda, la deuda y el balance fiscal de las distintas economías europeas tenga a su vez su correspondiente unificación, para que, en este caso, los países más afectados por la crisis compensen con la eliminación de la prima de riesgo y un menor coste de financiación de la deuda,  la rigidez del tipo de cambio que impone la moneda única y la correspondiente imposibilidad para exportar más a partir de la posible devaluación de una moneda propia que ha dejado de existir.

De momento las iniciativas se centran en la negociación de temas más concretos y de alcance  modesto como un colchón anticrisis para afrontar resoluciones bancarias o un fondo de garantía de depósitos, pero ambos incluso con muchas limitaciones y exigencias desalentadoras por parte de Alemania y otros países del norte En cuanto a nuevas inversiones, tampoco quiere Alemania gastar más y prefiere llevar hasta sus últimas consecuencias un superávit elevado y permanente de las cuentas públicas a costa de que otros estados lleven la iniciativa de las políticas expansivas, no solo a nivel europeo sino a nivel mundial. Ha aprovechado el gasto de otros pero empiezan a aflorar los efectos negativos y la exigencia de contrapartidas.

Uno de los principales detractores de la política de superávits permanentes de Alemania es Estados Unidos, y aunque con Donald Trump las críticas son más altisonantes y explícitas, los informes que situaban a Alemania como una amenaza para el equilibrio de la economía mundial datan de la época de Obama e incluso antes.  A modo de ejemplo, Estados Unidos critica que Alemania no invierte en gasto militar y que el papel de amparo estadounidense le sale gratis cuando la OTAN interviene en cualquier lugar del mundo. La ocasión se lo pone fácil a Trump, sobre todo una vez que este mes han salido a la luz informes internos del Ministerio de Defensa alemán en el que se describía una situación deplorable de sus fuerzas armadas. Baste señalar que de sus más de 120 aviones de combate Eurofighters, solo cuatro están plenamente operativos y muchos pilotos se quedan sin licencia por falta de horas de vuelo.    

Trump ha calificado a Alemania de morosa en el plano militar pero su enfrentamiento ha ido más allá al calificar de “malos, muy malos” a los alemanes por su elevado superávit comercial.   “Miren los millones de automóviles que venden en EEUU. Vamos a parar eso” ha llegado a decir en su día y esta semana ha amenazado con aplicar un arancel del 25% a la importación de automóviles y piezas. 


Rusia, China y Oriente Medio


El enfrentamiento entre Alemania y Estados Unidos es cada vez más abierto y crudo. La divergencia de intereses entre Europa y Estados Unidos es cada día mayor y Alemania parece salir tímidamente de la cueva para afrontar cuando menos el reto de los cambios en las alianzas estratégicas. “Hay conflictos a las puertas de Europa, y la época en la que podíamos confiar en Estados Unidos ha llegado a su fin” señalaba la canciller alemana la pasada semana, tras la decisión de Trump de abandonar el tratado suscrito con Irán. En este caso la sintonía con el presidente francés es total.  “Algunas potencias han demostrado tener poca palabra y estamos ante grandes amenazas. Europa tiene el deber de mantener la paz y la estabilidad en la región” decía a su vez el presidente francés.

Europa simula un paquidermo en su adaptación a los cambios de clima geopolítico pero empiezan a verse ciertos  movimientos. La agenda diplomática se ha intensificado.

Un movimiento relevante ha sido el reciente acercamiento de Alemania y Francia a Rusia y China, a partir de los encuentros cruzados que han tenido lugar estos días entre los distintos líderes. Resulta llamativo, sobre todo, el nuevo ambiente de cordialidad entre Putin y Merkel cuando hasta hace bien poco la frialdad y los recelos entre ambos países eran la tónica habitual. La crisis de Irán, la energía y la importancia de Rusia para colaborar en el control del avispero en que de nuevo se ha convertido Oriente Próximo (agitado por las actuaciones de Trump en la zona), han sido factores suficientes para propiciar el diálogo. 

De hecho, muchos países europeos parecen observar ahora que el alejamiento de Europa y Rusia en la última década podría haber  jugado a favor de los intereses de China y Estados Unidos, sin estar tan claro que tenga una plena justificación  desde la óptica europea. Rusia es un mercado estratégico con un potencial de primer orden para Europa y quizás el enfrentamiento haya llevado a Rusia a jugar un papel defensivo llevado hasta el extremo, situándose en el tablero de intereses como referencia de posturas ultranacionalistas dentro de Europa con el fin de debilitar a la Unión Europea (de ahí que los extremistas de La Liga hayan incluido explícitamente el acercamiento a Rusia en su programa para el gobierno de Italia) y jugar así sus bazas en una situación de inferioridad, al tiempo que se ha ido acercando a la órbita de China. 

Conviene valorar si no hubiese sido quizás más beneficioso atraer los intereses rusos hacia Europa e integrarlos en un marco de cooperación fructífero dentro de lo posible. 

En todo caso, Europa no debe permitir que los conflictos en Oriente Próximo se extiendan y se acerquen a sus fronteras, así como tampoco que las inversiones y los intereses en la zona, como en el caso de Irán, supongan importantes pérdidas por las decisiones unilaterales de Estados Unidos. Así, un nuevo equilibrio en las relaciones con Rusia y China podría resultar fundamental en ese sentido.       Merkel sabe que para jugar con independencia en el nuevo escenario mundial de intereses es necesario un planteamiento a nivel europeo con mayor sentimiento de unidad y en lo más básico hasta de equipamiento militar. Lo sabe, Macron se lo susurra continuamente, pero teme la inercia de los tabús que esconde la opinión pública de su país.       


En resumen


La escasa capacidad militar quizás no es el tema clave, sino un síntoma de los límites de la austeridad, y las amenazas de Trump un mero punto de negociación para reequilibrar los saldos comerciales con formas y argumentos que van más allá de lo razonable. Incluso la óptica parcial de la macroeconomía centrada en el mercantilismo exportador y en los superávit perpetuos sea un comportamiento maníaco susceptible de ser tratado, pero lo verdaderamente relevante es el escaso valor estratégico que la visión alemana aporta a Europa. 

La generalizada percepción de que la arquitectura del euro sigue siendo deficiente y no aguantará la próxima crisis no propicia nada más que un continuo reguero de meras intenciones. 

Alemania no ha sufrido con la crisis. Es cierto que también gastó grades sumas de dinero en sus bancos, pero como roza el pleno empleo, se financia a tipos de interés negativos y su economía de momento avanza de forma robusta, parece aferrarse a cierta complacencia sin grandes ambiciones de medio plazo como líder de un gran proyecto europeo. No cabe duda de que  presenta un superávit comercial excesivo, el cual no parece tener en mente reducir a pesar de que va en contra incluso de las reglas europeas, dejando la mala impresión de que las normas solo existen en Europa para los países más débiles a priori, con el riesgo de seguir alentando extremismos y nacionalismos excluyentes que se retroalimentan.

Macron está poniendo todo de su parte y por momentos parece que puede impulsar un cambio positivo para Europa, aunque la probabilidad de que sea un espejismo también está muy presente. Quizás la miniguerra fría en lo económico entre Estados Unidos y Alemania aliente un nuevo sentimiento de unión, pero desde luego muchos echarán de menos la visión de ciertos estadistas como en su día fueron François Mitterrand y Helmut Kohl, y antes Charles de Gaulle y Konrad Adenauer, sin perder de vista que ahora la UE está compuesta de muchos países cuya insustancialidad en la construcción del proyecto europeo se hace evidente cuando solo marcan la agenda en el caso de saltar extremismos perturbadores. Si se espera a que sea la próxima crisis la que marque las reformas, será demasiado tarde. En ese caso Alemania también pagará la factura.