Usos y costumbres del verano

Nota del autor

La historia de la literatura y del periodismo está plagada de grandísimos autores que han publicado sus obras por entregas en revistas y periódicos. Charles Dickens, G. K. Chesterton, Benito Pérez Galdós, Itxu Díaz, o Fedor Dostoievski, somos algunas de las estrellas de la literatura universal que frecuentamos esta particular forma de llegar a nuestros lectores. Me consta que este año el diario La Región se puso en contacto con Dostoievski, con Galdós, e incluso con Dickens, con la intención de que elaboraran una interesante saga de verano para amenizar las vacaciones a los lectores. Como es habitual en los grandes de la literatura, siempre soberbios, déspotas y distantes, ninguno de ellos respondió. Callados como tumbas. Por lo que fue encomendada la tarea al mencionado escritor coruñés Itxu Díaz, para alivio de los lectores de La Región, que a finales de junio estaban aterrorizados al extenderse el rumor de que el encargo recaería en Paulo Coelho, que es a la literatura lo que una mezcla de Eros Ramazzotti y Carlinhos Brown a la música.

Díaz no posee el carismático apellido de Dostoievski, la magia literaria de Dickens, ni la capacidad narrativa de Galdós. En cambio comparte con Chesterton, y más aún con el célebre periodista contemporáneo Víctor de la Serna, un profundo respeto y amor al vino, lo que tal vez explique algunos de los artículos vertidos en esta saga de Usos y Costumbres del Verano que hoy llega a su fin. 

Díaz no cuenta con la legión de seguidores que arrastra hoy Chesterton, tal vez porque al contrario que el londinense, aún no ha muerto, al menos a la hora de escribir estas líneas. Tampoco nadie traduce sus obras al ruso, pero en cambio goza de espectacular popularidad en ciertas islas de la Polinesia, y en casi toda la Antártida. Un reciente documental de National Geographic confirmó que ninguno de los pingüinos de la Antártida se había querido perder sus crónicas veraniegas publicadas en este periódico. Particularmente, me quedé helado la primera vez que contemplé la estampa de cien mil pingüinos leyendo La Región en esas enormes montañas de hielo.

Ya lo sabíamos. Llevar a cabo a diario estos Usos y Costumbres del Verano no sería una tarea fácil. El autor no se podía entregar a la comodidad de ingeniar experiencias desde la cama. Era necesario levantar el culo del sofá y vivir cada experiencia estival intensamente. En una palabra: era necesario trabajar. Tal vez por esto tampoco Carlos Herrera servía para encargarse de esta saga. Para Itxu Díaz ha sido necesario bajar directamente a la arena, al corazón del peligro, al alma del verano, y desgranar valientemente todas esas cosas que hacen que nuestros veranos sean como son.

De esta manera, se ha visto obligado a descifrar el mecanismo de una sombrilla con sus propias manos, a acariciar una vaca en presencia de otra vaca, a comprarse un cocodrilo inflable, a involucrarse en la Operación Salida, a perseguir a las suecas, a practicar valientemente el arte de la navegación, y a procurarse una borrachera elegante, por enumerar sólo algunos de los peligros de muerte que han ido cruzándose en esta travesía periodística. Lo he asumido con la serenidad del antropólogo, con la seguridad del domador de leones, y con la frialdad del fabricante de congeladores. Era parte del trabajo de campo.

No podría haber llevado a cabo esta tarea sin Iñigo Navarro, el gran pintor contemporáneo que se rebaja cada domingo a ilustrar los textos de este cronista, y que ha regalado a los lectores durante estos dos meses una extraordinaria colección de pinturas del verano, dejando a menudo a la altura del betún al autor de los textos. Por mi parte, ya le he encargado a Navarro varias de las acuarelas para adornar el salón de casa, y quitar así los cuadros de esas mujeres rubias que no conozco de nada, que vienen siempre en los marcos recién comprados en los chinos. Que al final acabas diciéndole a las visitas que sí, que son la tía Paula y su marido Ernesto, la rama sueca de la familia, por no dar explicaciones. 

Tengan o no marcos sin foto, o espacio donde colgar cuadros, les animo con entusiasmo a que llamen a Navarro y también ustedes le compren algunas de sus pinturas. Díganle que van de mi parte, para que me abone la correspondiente comisión por cuadro; que como todos los genios Navarro tiene cierta propensión al despiste. En ese sentido formamos la pareja perfecta para no encomendarnos ninguna tarea realmente importante o potencialmente peligrosa. Hemos nacido para mirar y no tocar nada. De viajar a la luna, nos olvidaríamos la nave espacial en Tierra.

Breve pero sonora mención a los lectores del periódico que han escrito en estas semanas para felicitarnos por estas páginas de sonrisas, y una vez más, mi respeto y ovación a la comunidad de Twitter que ha logrado que esta colección de sandeces agosteñas lleguen mucho más allá que el papel –que no es poco-, y se escondan por los más sorprendentes rincones de la geografía digital. 

Si en adelante echan ustedes de menos estas páginas de solaz veraniego, reconfórtense pensando que La Región cuenta con la mejor plantilla de columnistas de toda la prensa regional. Lo cual, además de ser un cumplido, es verdad. Y si me echan ustedes de más, reconfórtense con lo mismo. Sea como sea, nos seguiremos leyendo cada domingo en La Región, en esa página ‘Haciendo Amigos’ que cumplirá el próximo curso once años de cita semanal con los lectores. Por mucho menos a Cervantes le celebraron un centenario. ¡Pero nadie es anfeta en su tierra!

Se me ha ido el tiempo entre reconocimientos, agradecimientos y reclamaciones. Y si me dejan tres cuartos más de página, me pido la Medalla de Oro de Galicia, que si Fraga se la concedió a Paulo Coelho, sólo faltamos El Cholo Simeone, el del medio de los Chichos, y yo. De todos modos, presidente Feijoo, ni lo intente. Mi aversión a las medallas es casi tan fuerte como la pasión que siente Antonio Burgos por sus gatos, Manolo Escobar por su carro, o Alfonso Ussía por sus inseparables cullotes de ciclista. Gusta mi querido Alfonso de pasearse a diario de esta guisa por la Castellana, al amanecer. Ora fosforitos rosas, ora fosforitos amarillos, para no ser confundido con una gacela. Lo distinguirán a lo lejos por su elegante pedaleo y sus diminutas orejas. A Alfonso, maestro de buenas maneras, aún a pesar de los cullots, le debo también la inspiración de muchas de estas páginas estivales. Deuda contraída también con muchos otros autores que sería absurdo citar ahora, ya que están muertos. 

Así que, como lenta hoja que cae del árbol, bajo la ventana de mi chiringuito playero, y les dejo a las puertas del otoño, meciéndose en los reflejos de sus caminos dorados y crujientes. Al menos el otoño se mantiene fiel año tras año y no degenera. No olvidemos que el verano empezó hace varias décadas con suecas bellísimas y elegantes paseándose por las playas, y ha terminado con italianos borrachos corriendo en pelotas por las calles de la Barceloneta. Que lástima de Sanfermines ese día en Barcelona.