Trece hermanos, de quince, reunidos a manteles

Parte de la familia Outeiriño-Miguez, cónyuges e hijos, reunidos en A Toxa después de años sin hacerlo.
Parte de la familia Outeiriño-Miguez, cónyuges e hijos, reunidos en A Toxa después de años sin hacerlo.
Trece hermanos, de quince, reunidos a manteles

Me animan a que escriba algo de la familia que, por numerosa, a algunos parecerá de escaso mérito el ser tantos hermanos; a otros, quizás no; pero escribir de uno mismo y del entorno en que vivió puede resultar subjetiva empresa. Ya escribí un libro de 400 o más páginas con el título de "Memorias de una familia de Postguerra", de circulación interna, ni siquiera abarcando todo el devenir familiar si no dos décadas. Resultaría  que incluso algunos lo recibieron con escaso entusiasmo; otros, lo hojearon; los más, acaso lo leyeran; alguno, tal vez, o ni eso porque en el mote se consideraba como ultrajado. Así que si en el entorno, dificultades, si al externo salimos, pues hay que imaginarse. Se debate uno entre los impulsos y ánimos que nos dan porque consideran noticiable que los que quince hermanos fuimos, ahora trece, se reúnan no en la familiar casa sino en otra, que por razones de proximidad de un alto porcentaje de hermanos, la más adecuada, cual la de Curro, que de músico de los setenta tocando de fiesta en fiesta, cuando menos se esperaba y menos nuestros padres, apareció con el título de Medicina, gracias, en parte, a los apuntes que su hermano Paco, otro de la rama, le iba pasando, pero sin que desmereciera su entrega. Si no hubo fiesta por la licenciatura sería porque no muy de celebraciones, herencia de un padre austero no dado a ellas, aunque de madre muy festera. Nuestro padre creía más en el saber que en los títulos, así que concibió una escuela familiar con pupitres, maestro de escuela jubilado, y luego Tony, un joven docente de tan polifacético que podría enseñarte lo que quisieras: física, química, matemáticas, geografía, biología… Un auténtico genio que Ricardo Outeiriño descubrió por recomendación de Vicente Risco, director a la sazón de la escuela Normal del Magisterio. 

Fuimos llegando a la juventud, pasada la adolescencia en casa y consolidando las amistades de barrio hasta que nuestra madre, más pragmática, decidiría que mejor títulos que saber o ambos a la vez, empezamos a cursar por libre en el Instituto unos y los más ya en Salesianos, o en Vigo en las Teresianas que solo admitían a mujeres por lo que vimos a Teruca, Marga, Pitusa y Marián de clases allá, y visitas continuas de la mater familias, que control tenía sobre la prole. Unos cursarían en la Universidad, por libre los de letras y oficial los a la Medicina entregados, cuando la cumbre del saber se hallaba instalada en la Universidad de Santiago, donde el profesorado era a modo de olímpicos e intocables dioses y donde la corbata indispensable, que sería mi última vestimenta con tal prenda.

Así con una madre pragmática, un padre que impartía disciplinas en historia, filología, lenguas clásicas y aun francés e inglés leído, fuimos traspasando la juventud y examinándonos hasta alcanzar algún objetivo, que no todos, porque si variopinta una familia de pocos, ¿qué les queda a la de muchos?

La competencia la teníamos en otros, los Villalba, que nos adelantaban un año, pero al otro eran adelantados en número de miembros hasta que mi madre alumbró al último hijo fuera de los umbrales, en sanatorio. Entonces ellos, catorce y nosotros, quince. De los seis varones: Miguel, Curro, Paco, Parras, Cachas, Chicho, la réplica la teníamos en nueve hermanas: Marosa, Marilé, Posana, Menchu, Guancha, Teruca, Marga, Pitusa y Chola. Ya ven que sobrenombre todos porque sería imposible llamar a cada cual por el de pila que siempre eran dos o tres, según la entonces imperante moda.

Pues esta variopinta familia, llamada los de la Viña por parientes urbanitas, no crecería en orden geométrico como el pater familias preveía o sea que en la cuarta generación se crearía una masa de votantes tal que nación podría constituirse, con más de dos millones de ciudadanos. Por supuesto que de la geométrica progresión ni lo mínimo.

A Curro se le encontrará con su guitarra y aguardentosa voz cantando por ahí; a Paco, destinado primero en Canarias y vuelto a la ginecología de la residencia acá; a Cachas, de ejerciente en la abogacía acá y en Vigo; a Parras, en institución de ahorro, lo mismo que al que suscribe, aunque ambos pasasen por la redacción de este periódico, y a Miguel, en la bancaria cosa. Esto es lo que produce el mundo laboral al que puede situarte en otro lugar como se daría el caso.

Y con este componente por años estamos para reunirnos pero se resiste porque cada uno con su vida, pero este año el tesón de Parras, que para eso se las pinta como nadie, logró con alguna colaboración lo que nadie hasta entonces, vernos en A Toxa, que a pijo podría parecer por aquello de que unos cuantos al golf como deporte, pero fue lo práctico lo que se impuso. Donde antes abrazos y emociones, porque algunos no se veían en lustro, ahora besos, que moda entre hombres cuando uno ajeno a todo eso no se plegaba a tales manifestaciones, e ítem que entre primos no visto en más tiempo. Los Outeiriño somos de comer y largarnos rememorando aquellas nochebuenas en las que se empezaba a las once porque a las doce había que estar en la Misa del Gallo acompañando al tío Luis, que en el trayecto nos cantaba, coro incluido, La Novia del Inglés y el Barco Velero, previamente afinada su voz con yemas de huevo y no sé si alguna clara. Todo esto ha presidido las prisas en el comer, la poca sobremesa y el desespero de las cocineras que no veían recompensa alguna en familia de tanto escapismo gastronómico, un escapismo que no permitía descuidos, tales irse de pis cuando dejabas el plato en la mesa con patatas fritas y si no vacío, si con importantes bajas disimuladas metiendo bistecs por debajo, o cuando Parras hacía unas filloas que nunca subían en el plato a pesar de que presto a repartir mandobles a todo descuidero.

Marosa, la mayor, de María Rosa, el segundo de la abuela materna prestado; Chicho, el que suscribe, no sabe de dónde procede; Marilé,de María Delia, abuela paterna; Cachas, por Agustín Ricardo, por tenerlas así dicho; Posana, de María Flora ; Menchu, ninguna relación con María del Carmen, por llevarlo una tía que profesaría de monja Salesa; Parras, de José María, pero hallado por la chica de servicio atracándose de uvas bajo parra; Parrelos, de Francisco Recaredo, por ser menor que Parras; Teruca, por María Teresa; Guancha, por María Jesús, acaso por su canaria tendencia; Curro, de Luis Antonio, que por Curriño en la infancia; Marga, por María del Pilar Margarita; Pitusa, por María del Rosario; Triguito o Mikel, por Miguel Pedro Justo; Marián, que antes Chola, por María de los Ángeles.

Así todos con apodos o motes circularon y aun circulamos, imprescindible dentro de casa y fuera también. Algunos fueron modificándolos a lo largo del tiempo porque inadecuados les parecían, pero la mayoría fue conservando el sobrenombre. El pater familias jamás haría concesiones a los apodos. Así que a mi siempre Alejandro.

Una familia de quince criada en la Viña como decían los parientes ciudadanos dio más de lo que aquí se esboza. Las ventajas de vivir a caballo de la aldea y la ciudad, que eso era la carretera de Celanova donde no sobrepasarían las casas el medio centenar, daban otra perspectiva que nunca sería patrimonio de urbanitas. Todos nos conocíamos y había como conjunción y defensa de los del Barrio.