Fin de mundo

Iba yo a comprarme unas deportivas cuando el dependiente me asaltó con todo tipo de datos sobre los productos de la estantería, lo cual me obligó a centrarme más en sus explicaciones que la zapatilla que quería. Igual pasó en su día con las profecías (las de Nostradamus y las otras), sobre todo con aquellas que auguraban el fin del mundo para el año 2000. Mira que se editaron libros, se emitieron programas y se renovaron aparatos tecnológicos, lo cual no entiendo para qué, si total íbamos a perecer…
Bueno, pues, de pronto, de todo eso nunca más se supo. Tampoco se volvió a hablar de los ovnis y ya no desaparecen barcos en el Triángulo de las Bermudas. Internet ha tirado por la borda el romanticismo del misterio, convirtiéndonos en incrédulos digitales, y todo lo que sea comprobable a golpe de pulgares carece del engolado sobrenatural.

Lo único que ha evolucionado para adaptarse a los tiempos ha sido la publicidad (siempre lo hace), de ahí que el vendedor de zapatillas no tenga ninguna culpa; hace su trabajo a la perfección, entre otras cosas porque la demanda manda y a nadie le extraña que paguemos hasta cuatro veces más por un producto que se ha convertido en artículo de lujo para los pies. Pero el mercado tiene estas cosas. Basta salir a la calle y ver que 9 de cada 10 personas van en deportivas. De ahí que tiendas del ramo hayan proliferado como setas, igual que les pasó a las de “compro oro” hasta que se terminaron las reservas y la piedra filosofal se convirtió en calabaza. Hacen bien los publicistas. Ellos mecen la economía.

Un claro ejemplo es el reciente festival de Eurovisión, donde España cosechó un sonoro fracaso. ¿Alguien ha vuelto a oír la canción desde entonces?, esa que retumbaba en nuestro cerebro como un canto de adoración al dios de la creatividad, ejemplo de amor, ternura y sentimiento en cada uno de sus compases. También desapareció. Pero no hay problema, las entradas para los conciertos ya están vendidas y el negocio ya fue.

Bendita publicidad esa que nos hacía buscar pokémon por las calles aun a riesgo de nuestra integridad, o la que nos regala “llamadas gratis” (es lo último para lo que se utilizan los móviles, para llamar). Y así podríamos seguir, relatando ejemplos de una voraz actividad comercial que nos arrebata el poso del momento. Todo envejece antes de madurar. Nos comemos verde el presente. De eso se trata. No pienses, que ya lo hacen por ti. Pero cómprate unas deportivas, que son muy cómodas.