La estela de La Codorniz

La estela de La Codorniz

Últimamente la gente se muere una barbaridad. Sin ir más lejos esta semana se ha muerto Julio Cebrián. No sé a dónde vamos a parar. Si ya hay más dibujantes de La Codorniz en el cielo que en la tierra, lo que complica enormemente las cosas para los que nos quedamos aquí, y aumenta seriamente el riesgo de que alguien se decida a lanzarnos un huevo desde las alturas. Al impacto de un huevo de codorniz, el viandante no exclama “ay” sino “pío”. Pero del sonrojo público no te libra nadie.

Huevos aparte, concibo la escritura como un acto de guerra. El enemigo viene detrás, es más numeroso, y va armado hasta los dientes. Son miles de hombres con lanzas, cabalgando como fieras. Si te detienes un instante, te arrollan. Por eso no suelo pararme a pensar en otra cosa cuando me arrojo por la cuesta de un artículo. Sin embargo, en raras ocasiones me atasco. Entonces ladeo la cabeza hasta poner la oreja en la vertical del suelo, y me golpeo la oreja contraria con un tomo de una edición especial de La Codorniz que pesa unos diez kilos.

En una ocasión me di tan fuerte que en vez de salirme ideas, me salieron varios viñetistas que disfrutaban ya del sueño eterno, y que fueron brutalmente arrancados de su paz, convocados por mi inspiración, y por el salvaje impacto de su obra contra las inmediaciones de mi cerebro. Recuerdo entonces a Mingote en el suelo, particularmente contrariado por tan extraña circunstancia de volver a este mundanal y hacerlo de esa manera. Julio Cebrián, en cambio, salió de la oreja en un golpe limpio, y portaba en la mano un ocurrente boceto con el que sin duda haría sonreír a los lectores una vez más, como el de aquella portada de La Codorniz en la que caracterizó por vez primera a Fraga, con su bebé de la ley de prensa entre las manos.

De Julio, decía Mingote que fue el ilustrador de prensa que más soñó con ser pintor. Quizá lo contrario de lo que le ocurre a mi admirado compañero de página, el ilustre pintor Navarro. La vida acostumbra a darte manzanas cuando lo que realmente necesitas es una maldita llave Allen para terminar de armar la estantería del Ikea. Tanto Mingote como Cebrián, como Navarro hoy, y todos los que se esfuerzan por hacer la vida más llevadera el resto a través de ocurrentes dibujos, hacen arte. El mismo arte que Velázquez o Picasso, y nunca pensé que juntaría en la misma frase a una calle y a un pub.

No fue tan sencillo hacerse con aquellos números del National Lampoon que ocultaban las locuras de los grandes del humor americano. Pero La Codorniz, como Hermano Lobo, asoma siempre por las tiendas de segunda mano con un gracejo tan particular, que he acabado por tener números repetidos, por la incontinencia de comprarlos. Que los veo y no puedo evitarlo. Esos, y los que he robado. Mis amigos ya saben que en casa no me pueden dejar a solas con ejemplares de La Codorniz a la vista. Mi cleptomanía es selectiva. Solo codornicesca. Pero implacable.

De todos los momentos históricos de La Codorniz, mi preferido es aquel en el que la publicación le declara la guerra a Inglaterra. Año 1956. En primer lugar porque hay guerras justas y guerras injustas, y en general una guerra contra los ingleses es algo que hacen todas las naciones decentes cada pocos siglos. Quiero decir que es saludable, dinamiza la economía, y mejora ostensiblemente el cutis. Y en segundo lugar, porque la revista en la que destacó el orensano Cebrián –de A Rúa-, rompió por fin una vieja norma, que las guerras las declaran solo los gobiernos. No señor. Exijo el derecho de los ciudadanos a declarar la guerra a la nación que cada uno considere oportuno. Yo sin ir más lejos esta mañana he abierto hostilidades contra Suecia. Lo he hecho al alba, con viento flojo de levante, y con la seguridad de que tenía una cita con la historia. Después me he vuelto a meter en cama por el mero placer de distraer al enemigo. Y muy probablemente no acabaré esta columna sin hacer extensible la declaración de apertura de hostilidades a algún otro país. Pienso por ejemplo en Mónaco, aunque es un lugar complicadísimo de bombardear, porque cada vez que lo intentas matas un montón de franceses que no estaban donde tenían que estar, o bien, como en hundir la flota, te das con el Mediterráneo: ¡agua!

Ya no hay guerras como las de antes, ni tampoco publicaciones satíricas como las de antes. Ni el humor goza de buena salud, y no sólo porque la de Cebrián y Mingote en estos momentos deja bastante que desear. Sino porque, en honor a la verdad –como dicen los corruptos-, nunca el humor ha gozado de buena salud y en estos tiempos que corren, la risa es explosión vacía sin atisbo alguno de actividad cerebral. Y la sonrisa, ese breve aspaviento de la inteligencia, se ve hoy como algo descafeinado y tedioso.

Algunos no renunciamos al humor de siempre, quizá porque hemos leído a los clásicos, no hemos conseguido que se nos pegue nada, y entonces tratamos de sobrellevarlo con la excusa de la sátira, que es una manera como otra cualquiera de arruinarse la vida. No por casualidad, y esta es una horrible alegoría, Cebrián, dicen, murió enfermo, encerrado en sí mismo, pobre, y olvidado. Estremece pensar en España, estremece pensar en Cervantes, y en todos los hombres que de la risa han sido, en este país que cada vez olvida más pronto.

Necesita el humor de hoy herir para existir. Sólo sonríe ante los defectos ajenos. Por eso resulta tan aburrido e ideológico. Con el tiempo se ha visto que La Codorniz era un hilillo de ideología en un mar de risas sin colores, de absurdos geniales, y de obsesión por saltarse normas, por el placer de tropezar con la barrera de la censura, romperse los dientes contra el suelo, y provocar hilaridad. Empezaban por reírse de sí mismos.

A esta hora de la historia del humor, cuando volvemos a teñir la sonrisa de luto, no podemos pasar por alto la deuda que tenemos con aquellos que un día abrieron un camino que, de una manera o de otra, seguramente peor, otros hemos intentado transitar, y aún más, enloquecidos como si estuviéramos frente a molinos, lo seguimos intentando cada semana. Quizá la risa es la vía de escape que nos salva de la realidad. Y quizá, como decía mi compadre Quero, el humor es lo que nos rescata de la actualidad. Es posible que esta frase no sea de mi amigo Quero, pero desde hoy, lo es tanto como su nacionalidad valenciana, y mi origen siciliano.

Termino esta exaltación codornicesca con una viñeta de Tono que vale como emblema de la generación de Cebrián Villagómez. Un pintor muestra a un visitante un cuadro espantoso.

-Esta es mi última obra.

-Menos mal.