Cinco minutos de cortesía

Cinco minutos de cortesía

Cuantas veces habrá oído esta frase: “cinco minutos de cortesía”, y que habitual, y erróneamente, se suele aplicar cuando va a comenzar un acto. Es la hora y se decide demorar uno poco más el inicio, generalmente porque suele faltar todavía público o incluso, lo que es más grave, aún no ha llegado alguien que tiene que estar en la mesa o en un sitio de honor.

Pues bien, decimos que se utiliza de forma equivocada, porque las pautas sociales del saber estar indican que cuando alguien es invitado a un acto, debe comparecer con cierta antelación al comienzo del mismo, por lo que esos mal llamados “cinco minutos de cortesía”, en realidad, es una descortesía hacia quienes cumplieron los preceptos del protocolo social y estaban en hora y lugar a donde habían sido citados.

Hace unos días, Afaor organizó en el Liceo su tradicional cena solidaria. El comienzo de la misma estaba anunciado para las 21.30 horas. Habían anunciado su comparecencia algunas autoridades, llamadas mejor hoy “representantes públicos”, pero justo coincidiendo con esa hora, sólo habían aparecido dos. Los anfitriones optaron por dilatar el inicio de la cena, esperando a los que faltaban, por lo que finalmente empezó con treinta minutos de demora.

Obviamente, esto es una total falta de consideración hacia aquellas personas que habían acudido cumpliendo escrupulosamente con el horario que figuraba en la invitación. Porque, como hemos comentado, le corresponde al anfitrión determinar el inicio de un acto y éste jamás debe incomodar al resto de los invitados porque aún falten algunos. Es responsabilidad de estos llegar a tiempo, pero para ello, han de hacer gala de un exquisito saber estar que dice que jamás hay que llegar tarde a una cita, exceptuando, claro está, causas de fuerza mayor. Pero hoy en día, para eso están las tecnologías y una llamada de móvil puede establecer una alerta al anfitrión sin necesidad de tener que improvisar.

Lo malo es cuando eso de aparecer a destiempo se ha convertido en una mala costumbre, nada apropiada además cuando se trata de personalidades que tienen que comportarse ejemplarmente.