Sonia Torre
UN CAFÉ SOLO
La balanza del dinero
Como nadie se ha tomado aún en serio el trabajo de explicar claramente el problema lingüístico en España, seguramente porque es muy complejo, voy a hacerlo yo de una vez por todas. Presten atención porque me llevará tiempo, cuatro artículos.
Aclaro antes que no soy filólogo, ni lingüista, ni político gracias a Dios. Solo soy un hablante, gallego por más señas aunque practique poco. De esos que cuando se despiden por teléfono de un catalán dicen adéu; cuando agradecen en Bilbao, eskerrik asko; y si se pasan por Ovieu... en fin, se hace lo que se puede. Tal vez porque los deleznables curas que me educaron de niño, consiguieron que me tragara la absurda patraña de que "el saber no ocupa lugar". Las siete mudanzas que he hecho de ciudad en ciudad, arrastrando una docena de estanterías con más de cinco mil volúmenes, dan idea de la maldad de aquellos maestros sin escrúpulos que me engañaron cuando era tan ingenuo.
Pasando al tema, el problema lingüístico español consta de cuatro partes grandes y tres pequeñitas. Hay que entender esto muy bien antes de nada. Las cuatro partes grandes son el español, el euskera, el catalán y el gallego. Las partes pequeñitas son el valenciano, el mallorquín y el bable. Cada una aporta sus singularidades al problema, contribuyendo a enriquecerlo y hacerlo más hermoso. Lo bonito son los problemas. Las soluciones no tienen gracia.
Lo anterior es básico. Si tiene usted dudas vuelva a leerlo. Si es preciso haga que se lo traduzcan a su lengua materna, pero asegúrese de que lo ha entendido antes de seguir. Si no, no garantizo que pueda comprender el resto.
Y vamos allá. El español es la parte más grande del problema. Es enorme. Lo hablan casi quinientos millones de personas por lo que resulta muy difícil llevarle la contraria a esa parte. Además es una parte muy buena. En español se ha hablado y se han escrito tantas cosas maravillosas desde Jorge Manrique hasta Alberti, que llevarle la contraria solo cabe en la mente de un chiflado, pero de todo hay.
La segunda parte no es el catalán como creen muchos, sino el gallego. Y no lo digo por hacer patria, sino porque aunque el gallego lo hablan solo tres millones de personas es una lengua-puente que nos permite, incluso a los hablantes perezosos como yo, entendernos con facilidad con Portugal, Brasil, Angola, Guinea, Mozambique, Cabo Verde (aquí pongan un disco de Cesária Évora), San Tomé, Timor, Goa, Macao, etc.
O sea que los gallegos no tenemos un problema de bilingüismo sino de multilingüismo. Yo a los autores portugueses los leo en portugués y me quedo tan ancho. Y he aquí la sorpresa: los hablantes portugueses son doscientos millones. Doscientos más quinientos son setecientos, una simple suma que sabe hacer cualquiera que haya superado los excelentes planes de estudios con que los legisladores nos han regalado en los últimos años. Seguiremos...
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