El retrovisor

Puede que el día que toque repasar la sismología política de estos años en Galicia, un retrovisor roto durante una noche de juerga compostelana tendrá más importancia en la historia de En Marea de lo que un principio podría parecer. Llevan días con el enredo de Paula Quinteiro y su candidez por recurrir a las credenciales de diputada para evitar la identificación policial de sus acompañantes por presuntos actos vandálicos. Con lo sencillo que hubiese sido pedir disculpas y dimitir, como solicitó públicamente Xosé Manuel Beiras; al menos poner el acta a disposición del grupo parlamentario desde un primer momento para no perjudicar las aspiraciones de En Marea para consolidarse como alternativa real al PP. 

Sin entrar en la consideración de si lo que ha hecho Paula Quinteiro, la parlamentaria más joven de la Cámara gallega, o las personas que estaban esa noche con ella es moralmente reprobable, aunque según el criterio de la sensatez la opinión de cada cual puede ser bastante nítida, políticamente es de una torpeza descomunal. Las largas reuniones por un retrovisor reflejan la fragilidad de En Marea y la debilidad de su líder, Luís Villares. El Consello das Mareas dice una cosa, el grupo parlamentario otra, los alcaldes del cambio aprovechan para rastrillar su terreno y el secretario general del PPdeG, Miguel Tellado, afila la guadaña como aprendió de su predecesor Alfonso Rueda. 

Las mareas representan ahora mismo para los populares el rival político a batir, aunque algunos prefieran utilizar el pasado más por deseo que por la realidad. Irrumpieron como la alternativa más radical y fresca al poder, consiguieron alcaldías tan importantes como A Coruña, Santiago y Ferrol, se convirtieron en segunda fuerza política en el Parlamento por número de votos, pero nada es para siempre como aprendió tarde el Gobierno bipartito. Con Fraga o sin él, el PPdeG continúa siendo una fuerza política implacable como demostró en las siguientes elecciones y no va a consentir que en Galicia se reproduzcan formaciones como el Bloco portugués o las Cup catalanas, que aunque tardaron un par de generaciones en consolidarse, ahora se trata de formaciones fuertes y decisivas. El PP sabe pescar con mar revuelto, incluso con el suyo.